lunes, 22 de diciembre de 2014


Capítulo 34. Por fin.

-¿Hola?- escuché detrás de la línea de teléfono.
-Amor, ¿qué tal?
-Cansada bicho.- suspiró. -Y tú, ¿qué haces?
-Pues tomando algo con las chicas.- mis dos amigas allí sentadas estaban ajenas a mi conversación. -¿Y tú?
-Pues en la calle que salí a comprar algo. ¿Tú quieres algo?- me preguntó.
-Mi amor de aquí a que yo vaya se caducará.- contesté riendo.
-¿Segura?- preguntó. Y en ese mismo momento sentí unas manos frías que tapan mis ojos. Palpé como acto reflejo, pero su olor era inconfundible. La sensación que me producía el roce de su piel era imposible de describir. Su manera de tapar mis ojos era única. Sutil, delicada y tierna. Transmitiéndome todo ese amor, esa pureza que me hacía sentir con solo el roce de su piel.
-Pero…- no me dejó terminar. Se sentó en mis piernas, colando esas frías manos por mi pelo. Llenándome de todo el amor que hacía días que necesitaba. Necesitaba volver a sentir la calidez de sus labios. Como su nariz fría chocaba con la mía.
-Hola princesa.- dijo mientras colocaba un mechón de mi pelo en su sitio.
-Vaya sorpresa.- soltó una de mis amigas. Las miré una por una sin poder articular palabra.
-Malú, devuélvele la lengua que esta niña no habla.- volvió a decir. Las tres rieron al ver mi cara.
-Déjenme procesar a mí tiempo coño.- articulé yo por fin. Agarré su espalda y me abracé a mi chica impregnándome de su olor. –Cariño, ¿qué haces aquí?- pude preguntar.
-Verte.- contestó sin más.
-Te quiero.- agarré sus mofletes y la acerqué a mí buscando su boca. Nadie se hacía una idea de lo mucho que la echaba de menos. O bueno sí, mi almohada cada vez que tenía que tragar mis lágrimas. Era pura necesidad. Mi estabilidad y mi seguridad se la debía a ella. No me gusta dejar ver lo sensible y vulnerable que puedo llegar a ser, pero claro, llega ella y rompe todos mis esquemas. Y es así, llegué a un punto en el que no sé vivir sin ver esa sonrisa que cada segundo me enamora más. No se avanzar si no es ella con la que discuto porque no me gusta la manera que tiene el mundo de avanzar.

-Mamá.- grité desde la puerta de entrada. –Tienes que poner un plato más en la mesa, tenemos una intrusa.- tras lo dicho la patada fue inmediata. Yo aparecí en el salón y detrás de mi apareció una cabecita. Mis padres abrieron los ojos con un ápice de ilusión en la mirada.
-Pero Malú, ¿qué haces aquí? ¿Tú no llegabas hoy a Madrid de México?- mi madre como siempre debía saberlo todo.
-Hola mi niña. Qué alegría me da verte.- dijo mi padre al tiempo.
-¿Cómo estamos?- preguntó Malú a modo de saludo. –Pues sí, suegra. –dijo riendo. –Llegué esta tarde a Madrid, y seguidamente me planté aquí.
-Cansada, ¿no?- preguntó mi padre. –Bueno, vayamos a comer que debes reponer fuerzas.
-Ven cariño.- la notaba avergonzada, como si fuese la primera vez que venía a casa.

-Te noto rara eh.- dije acostándome a su lado.
-Estaba nerviosa cuando llegué, pero ya no.- agarró mi cintura para acercarme más a ella.
-Ya veo.- ahora fui yo la que la agarró para acostarme encima. Su mirada y la mía se lo decían todo. Esos ojos que tanto había echado de menos.
-Te he echado tanto de menos.- dijo mi musa mientras colaba sus manos por mi camisa. –Esto sobra, ¿no crees?- y sin avisar arranco la camisa como pudo.
-¿Y esto?- dije yo arrancando la suya.
-Esto también.- con este juego fuimos buscando lo que tanto ansiábamos. Nuestra piel. Estar cuerpo con cuerpo. Ser una.
-Cariño, como dice una conocida “advertí, voy a matar, de tanto tiempo que esperé”.- y sin más atacó mi boca. Acariciaba mis piernas con maldad, sabiendo que me volvía loca. Su boca tenía una cuenta pendiente con mi cuello. Y la mía con sus pechos. Iba dejando las huellas de mis besos por su tripa. Bajando, arriesgándome. Sabiendo que eso era jugar con fuego. Pero era un fuego que me gustaba.
-Eres mala.- escuché entre suspiros.
-No como me gustaría.- y a cada palabra fui intercalando un beso cerca de su entre pierna.
-Hazlo ya por favor.- me rogó.
-¿Puedo?- pregunté rozando su clítoris.
-Debes.
No me lo pensé más. Bajé mi boca a aquel lugar que tanto me gustaba.
-Me pones tanto, dios santo.- dijo agarrando mi pelo junto con un suspiro que le salió del alma. –Ven aquí.- nuestros labios se unían y separaban cual puzle. De una forma perfecta.
-Hacía tiempo que no te veía así.- solté en el momento que me agarró con fuerza para ponerme ahora abajo. Ella se río y se dedicó a jugar de nuevo con mi cuello. –Ay por favor.- suspiré cuando su lengua rozó mis pechos.
-No hables.- soltó de repente.
-¿Por qué?- dije asustada.
-Porque me pones más.- y mientras hablaba seguía atacando mis pezones de forma placentera.
-¿Y si no me calló?- dije desafiante. Acto seguido sus manos alcanzaron mi sexo. Dejándome callada y sin respiración. Mi cuerpo temblaba. Sus embestidas iban al ritmo de mi respiración.
-Creo que te he demostrado que puedo contigo, ¿no?
-Eres de lo peor.- dije rendida.
-Aprende a quien juega con fuego, se quema.- ella seguía sin sacar sus manos de mi. Así que aproveché y ahora metí yo la mía en ella. Su boca se fue abriendo poco a poco. Y yo poco a poco fui aumentando mi ritmo. Ella no se quedó atrás y siguió de nuevo conmigo. En la postura que teníamos nos agarrábamos mutuamente para no caernos en mi cama de 90cm. Su boca y la mía se buscaba, pero no podían unirse. Nos faltaba el aire, necesitábamos respirar. Hasta que caímos. Caímos ahogada la una en la otra. Siendo una, una vez más.
Pude notar cómo mientras acariciaba mi barriga, no me quitaba ojo. Pero ambas necesitábamos admirarnos. Hacía mucho tiempo que nos necesitábamos. Mis párpados fueron cayendo. Dejando paso a los sueños. ¿Y qué mejor manera de dormir que tenerla sobre mí?