Capítulo 34. Por fin.
-¿Hola?- escuché detrás de la línea de teléfono.
-Amor, ¿qué tal?
-Cansada bicho.- suspiró. -Y tú, ¿qué haces?
-Pues tomando algo con las chicas.- mis dos amigas allí
sentadas estaban ajenas a mi conversación. -¿Y tú?
-Pues en la calle que salí a comprar algo. ¿Tú quieres
algo?- me preguntó.
-Mi amor de aquí a que yo vaya se caducará.- contesté
riendo.
-¿Segura?- preguntó. Y en ese mismo momento sentí unas manos
frías que tapan mis ojos. Palpé como acto reflejo, pero su olor era
inconfundible. La sensación que me producía el roce de su piel era imposible de
describir. Su manera de tapar mis ojos era única. Sutil, delicada y tierna. Transmitiéndome
todo ese amor, esa pureza que me hacía sentir con solo el roce de su piel.
-Pero…- no me dejó terminar. Se sentó en mis piernas,
colando esas frías manos por mi pelo. Llenándome de todo el amor que hacía días
que necesitaba. Necesitaba volver a sentir la calidez de sus labios. Como su
nariz fría chocaba con la mía.
-Hola princesa.- dijo mientras colocaba un mechón de mi pelo
en su sitio.
-Vaya sorpresa.- soltó una de mis amigas. Las miré una por
una sin poder articular palabra.
-Malú, devuélvele la lengua que esta niña no habla.- volvió
a decir. Las tres rieron al ver mi cara.
-Déjenme procesar a mí tiempo coño.- articulé yo por fin. Agarré
su espalda y me abracé a mi chica impregnándome de su olor. –Cariño, ¿qué haces
aquí?- pude preguntar.
-Verte.- contestó sin más.
-Te quiero.- agarré sus mofletes y la acerqué a mí buscando
su boca. Nadie se hacía una idea de lo mucho que la echaba de menos. O bueno
sí, mi almohada cada vez que tenía que tragar mis lágrimas. Era pura necesidad.
Mi estabilidad y mi seguridad se la debía a ella. No me gusta dejar ver lo
sensible y vulnerable que puedo llegar a ser, pero claro, llega ella y rompe
todos mis esquemas. Y es así, llegué a un punto en el que no sé vivir sin ver
esa sonrisa que cada segundo me enamora más. No se avanzar si no es ella con la
que discuto porque no me gusta la manera que tiene el mundo de avanzar.
-Mamá.- grité desde la puerta de entrada. –Tienes que poner
un plato más en la mesa, tenemos una intrusa.- tras lo dicho la patada fue
inmediata. Yo aparecí en el salón y detrás de mi apareció una cabecita. Mis padres
abrieron los ojos con un ápice de ilusión en la mirada.
-Pero Malú, ¿qué haces aquí? ¿Tú no llegabas hoy a Madrid de
México?- mi madre como siempre debía saberlo todo.
-Hola mi niña. Qué alegría me da verte.- dijo mi padre al
tiempo.
-¿Cómo estamos?- preguntó Malú a modo de saludo. –Pues sí,
suegra. –dijo riendo. –Llegué esta tarde a Madrid, y seguidamente me planté
aquí.
-Cansada, ¿no?- preguntó mi padre. –Bueno, vayamos a comer
que debes reponer fuerzas.
-Ven cariño.- la notaba avergonzada, como si fuese la
primera vez que venía a casa.
-Te noto rara eh.- dije acostándome a su lado.
-Estaba nerviosa cuando llegué, pero ya no.- agarró mi
cintura para acercarme más a ella.
-Ya veo.- ahora fui yo la que la agarró para acostarme
encima. Su mirada y la mía se lo decían todo. Esos ojos que tanto había echado
de menos.
-Te he echado tanto de menos.- dijo mi musa mientras colaba
sus manos por mi camisa. –Esto sobra, ¿no crees?- y sin avisar arranco la
camisa como pudo.
-¿Y esto?- dije yo arrancando la suya.
-Esto también.- con este juego fuimos buscando lo que tanto ansiábamos.
Nuestra piel. Estar cuerpo con cuerpo. Ser una.
-Cariño, como dice una conocida “advertí, voy a matar, de
tanto tiempo que esperé”.- y sin más atacó mi boca. Acariciaba mis piernas con
maldad, sabiendo que me volvía loca. Su boca tenía una cuenta pendiente con mi
cuello. Y la mía con sus pechos. Iba dejando las huellas de mis besos por su
tripa. Bajando, arriesgándome. Sabiendo que eso era jugar con fuego. Pero era
un fuego que me gustaba.
-Eres mala.- escuché entre suspiros.
-No como me gustaría.- y a cada palabra fui intercalando un
beso cerca de su entre pierna.
-Hazlo ya por favor.- me rogó.
-¿Puedo?- pregunté rozando su clítoris.
-Debes.
No me lo pensé más. Bajé mi boca a aquel lugar que tanto me
gustaba.
-Me pones tanto, dios santo.- dijo agarrando mi pelo junto
con un suspiro que le salió del alma. –Ven aquí.- nuestros labios se unían y
separaban cual puzle. De una forma perfecta.
-Hacía tiempo que no te veía así.- solté en el momento que
me agarró con fuerza para ponerme ahora abajo. Ella se río y se dedicó a jugar
de nuevo con mi cuello. –Ay por favor.- suspiré cuando su lengua rozó mis
pechos.
-No hables.- soltó de repente.
-¿Por qué?- dije asustada.
-Porque me pones más.- y mientras hablaba seguía atacando
mis pezones de forma placentera.
-¿Y si no me calló?- dije desafiante. Acto seguido sus manos
alcanzaron mi sexo. Dejándome callada y sin respiración. Mi cuerpo temblaba.
Sus embestidas iban al ritmo de mi respiración.
-Creo que te he demostrado que puedo contigo, ¿no?
-Eres de lo peor.- dije rendida.
-Aprende a quien juega con fuego, se quema.- ella seguía sin
sacar sus manos de mi. Así que aproveché y ahora metí yo la mía en ella. Su
boca se fue abriendo poco a poco. Y yo poco a poco fui aumentando mi ritmo.
Ella no se quedó atrás y siguió de nuevo conmigo. En la postura que teníamos
nos agarrábamos mutuamente para no caernos en mi cama de 90cm. Su boca y la mía
se buscaba, pero no podían unirse. Nos faltaba el aire, necesitábamos respirar.
Hasta que caímos. Caímos ahogada la una en la otra. Siendo una, una vez más.
Pude notar cómo mientras acariciaba mi barriga, no me quitaba
ojo. Pero ambas necesitábamos admirarnos. Hacía mucho tiempo que nos necesitábamos.
Mis párpados fueron cayendo. Dejando paso a los sueños. ¿Y qué mejor manera de
dormir que tenerla sobre mí?