Capítulo 30. Allí donde no llegue la razón.
-Amor,
hoy me toca entrevista en una cadena muy conocida de aquí. ¿Te apetece venir?-
preguntó Malú metida aún en el baño.
-No sé,
tengo mucho que estudiar.- contesté. Nuestra estancia en México era muy
parecida a la de España. Ella salía cada mañana a trabajar y yo mientras
dedicaba mi tiempo a estudiar, las oposiciones estaban a la vuelta de la
esquina y quería aprobarlas.
-Va, que
te pasas el día estudiando.
-Está
bien, voy contigo.- dije al fin. La verdad que no me iba a sentar nada mal despejarme
un poco.
-Al fin
cedes, cabezona.- dijo ella entre risas.
-Todavía
me quedo para joder.- exclamé seria. Se acercó a mí para darme un dulce beso,
sabía perfectamente como calmarme.
Llegamos
a los estudios donde grababan el programa de televisión, y nada más llegar se
llevaron a Malú a maquillaje. Yo con mi tarjetita en mano me tomé la libertad
de andar a mis anchas por allí. Hace mucho tiempo, cuando estaba en el
instituto, tenía pensamiento de dedicarme al periodismo. Pero un día tomé la decisión
de que no, y aquí estoy. Mi pasión es enseñar, dar a unos pequeños jóvenes todo
lo que yo he aprendido con los años. Quiero que me vean como yo he visto a mis
profesores toda la vida. Que me quieran y me respeten. Tengo miedo de no ser la
profesora que me gustaría, y acabar amargada y agobiada por estar metida en
esto. Sé lo que es porque desde niña he visto como mi tía se ha ido sumergiendo
en una depresión sin salida. Los alumnos nunca le han dado lo que ella buscaba,
y probablemente siguió en ese trabajo porque era funcionaria y cobraba un
pastizal mensualmente. Las cosas ahora han cambiado demasiado, la crisis ha
llevado a la miseria más absoluta a todos los recursos básicos, tanto a la
educación como a la sanidad. Ya pasamos por arriba hasta lo de que todos
tenemos derecho a una vivienda digna. Yo esperaba con ansias aprobar las
oposiciones o al menos conseguir buena nota para estar en una buena posición. Pero
lo que peor llevaba era el no saber donde conseguiría la plaza, eso era todo
una incognita.
-Señorita
usted no puede estar por aquí.- escuché una voz de fondo que me sacó de mis
pensamientos. Al girarme mi cara fue un autentico poema.
-¿Qué
haces aquí Dani?- dije todavía con la boca abierta.
-Trabajar
amiga.- contestó riendo, lo normal porque mi cara sería para enmarcarla.
-¿En
México?- pregunté.
-Gemma,
no es porque quiera. Pero tengo que ir informando de los avances de tu querida
Malú.- dijo más seria de lo normal.
-Bueno
supongo que es lo normal, pero podrías haberme avisado.
-Me
gustan las sorpresas.- dijo con su habitual sonrisa de nuevo. –Vamos, te invito
a un café.
-¿Y si
digo que no?- pregunté intentando ser seria.
-Te
quedarás con las ganas.- contestó sin más.
-Venga,
vamos anda.
El reencuentro
con Daniela me alegró un poco más el día. La verdad que en ocasiones me siento desubicada,
cosa que veo de lo más normal porque este no es mi mundo. Pero es un mundo al
cual quiero adaptarme porque es el de Malú, y no quiero que piense que a su
lado estoy mal o incómoda. Y si lo estoy, jamás se lo diré, es la mujer de mi
vida y cualquier sacrificio es poco.
Después de tomarme el café con ella, y estar
de risas y fiestas volví en busca de Malú. Debería estar preguntándose donde
estoy, pero no sabía si era bueno contarle desde ya que Daniela estaba aquí.
-¿Amor
dónde estabas?- preguntó ella nada más verme aparecer.
-Me
tomé vía libre y me fui a curiosear.- dije risueña.
-Novelera.-
exclamó.
-No
perdona, curiosa.- las dos reímos ante mis ocurrencias. –Oye, recuérdame que
cuando lleguemos a casa tengo que contarte algo.
-¿Y por
qué no me la dices hora? Todavía falta un rato para que me llamen.
-Daniela
está aquí.- dije sin más preámbulos.
-¿Qué
Daniela? ¿Esa chica rubia que se pasa el día molestando?- murmuró pero no muy
bajo para que la pudiese oír bien. -¿Y qué quiere ahora?- dijo en un tono más
alto.
-Solo
está trabajando.- añadí yo.
-Son
cosas mías, ¿o la estás defendiendo?- preguntó sentándose de nuevo en aquel
enorme sofá de la sala en la que descansaba.
-No la
defiendo, solo digo que es normal. Tú eres famosa y ella es una mandada más.
-La
verdad que podía vivir sin saberlo.- dijo después de un largo silencio.
-Pues
ya lo sé para la próxima.
-¿Ya la
has visto?- preguntó curiosa.
-Claro,
si no ¿cómo lo sé?- contesté yo.
-Estabas
tardando, ¿no? ¿Hace falta que te lo explique? Una llamadita de toda la vida.-
se estaba poniendo demasiado borde, y no me gustaba nada.
-Mira
Malú, solo te lo dije para que lo supieras. No pensé que sacarías las cosas de quicio.-
dije sin más y con la misma salí de allí. Mi móvil sonó y así me ayudó a
calmarme.
-Hola
mami.- hacia días que no la llamaba y seguro que iba a matarme.
-Hola
cariño.- dijo ella con su encanto natural, pero su voz sonaba triste.
-¿Qué
pasó?- pregunté.
-Nada
hija. ¿Qué tal México?- logró decir.
-México
bien, pero no me cambies d tema. ¿Qué tienes?
-Acaban
de despedir a tu padre cariño.- dijo apenas sin voz. Mi familia no estaba
pasando por un buen momento y mi padre era la única salvación.
-¿Qué
me dices?
-Ya no
sé qué vamos hacer.- y ahí noté como mi madre se rompió en mil pedazos.
-Mamá,
estate tranquila. Para algo estoy yo.- tenía que ayudar a mi familia en un
momento así. No podía dejar que se murieran de hambre, porque lo de encontrar
trabajo con la edad que tienen lo veía complicado. Ellos ayudaban a mis
hermanos que también estaban en paro, pero ahora éramos nosotros los que debíamos
ayudar.
-Mi
amor, tú estás en México y estás estudiando para conseguir tu trabajo.
-Bueno
mamá, eso no es problema. Cuenten conmigo para lo que haga falta, ahora tengo
que dejarte mami.
-Vale
cielo.- y aunque estén pasando penurias, ella siempre tan cariñosa.
-Un
besito mami, te quiero.- y con ese “te quiero” colgué. Estaba destrozada no
podía ver a mi familia así, y todo por esta dichosa crisis que parece q no
terminará nunca. La decisión estaba tomada, debía partir para España para
ayudar a mis padres. No podía estar allí sin hacer nada, y ellos pasando
hambre.
-Malú, ¿podemos
hablar?- dije en un tono más tranquilo que la última vez que hablamos.
-Ahora
no puedo, ya hablaremos.- dijo sin mirarme.
-Bueno,
pues solo decirte que cuando llegues al hotel y no me veas, no te preocupes. Me
vuelvo a España.- levantó su vista y me miró asustada, pero no dijo nada. Yo salí
de aquella sala con rumbo al hotel a recoger mis cosas, mi deber como hija me
llamaba a gritos.
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