miércoles, 23 de abril de 2014


Capítulo 30. Allí donde no llegue la razón.

-Amor, hoy me toca entrevista en una cadena muy conocida de aquí. ¿Te apetece venir?- preguntó Malú metida aún en el baño.
-No sé, tengo mucho que estudiar.- contesté. Nuestra estancia en México era muy parecida a la de España. Ella salía cada mañana a trabajar y yo mientras dedicaba mi tiempo a estudiar, las oposiciones estaban a la vuelta de la esquina y quería aprobarlas.
-Va, que te pasas el día estudiando.
-Está bien, voy contigo.- dije al fin. La verdad que no me iba a sentar nada mal despejarme un poco.
-Al fin cedes, cabezona.- dijo ella entre risas.
-Todavía me quedo para joder.- exclamé seria. Se acercó a mí para darme un dulce beso, sabía perfectamente como calmarme.

Llegamos a los estudios donde grababan el programa de televisión, y nada más llegar se llevaron a Malú a maquillaje. Yo con mi tarjetita en mano me tomé la libertad de andar a mis anchas por allí. Hace mucho tiempo, cuando estaba en el instituto, tenía pensamiento de dedicarme al periodismo. Pero un día tomé la decisión de que no, y aquí estoy. Mi pasión es enseñar, dar a unos pequeños jóvenes todo lo que yo he aprendido con los años. Quiero que me vean como yo he visto a mis profesores toda la vida. Que me quieran y me respeten. Tengo miedo de no ser la profesora que me gustaría, y acabar amargada y agobiada por estar metida en esto. Sé lo que es porque desde niña he visto como mi tía se ha ido sumergiendo en una depresión sin salida. Los alumnos nunca le han dado lo que ella buscaba, y probablemente siguió en ese trabajo porque era funcionaria y cobraba un pastizal mensualmente. Las cosas ahora han cambiado demasiado, la crisis ha llevado a la miseria más absoluta a todos los recursos básicos, tanto a la educación como a la sanidad. Ya pasamos por arriba hasta lo de que todos tenemos derecho a una vivienda digna. Yo esperaba con ansias aprobar las oposiciones o al menos conseguir buena nota para estar en una buena posición. Pero lo que peor llevaba era el no saber donde conseguiría la plaza, eso era todo una incognita.
-Señorita usted no puede estar por aquí.- escuché una voz de fondo que me sacó de mis pensamientos. Al girarme mi cara fue un autentico poema.
-¿Qué haces aquí Dani?- dije todavía con la boca abierta.
-Trabajar amiga.- contestó riendo, lo normal porque mi cara sería para enmarcarla.
-¿En México?- pregunté.
-Gemma, no es porque quiera. Pero tengo que ir informando de los avances de tu querida Malú.- dijo más seria de lo normal.
-Bueno supongo que es lo normal, pero podrías haberme avisado.
-Me gustan las sorpresas.- dijo con su habitual sonrisa de nuevo. –Vamos, te invito a un café.
-¿Y si digo que no?- pregunté intentando ser seria.
-Te quedarás con las ganas.- contestó sin más.
-Venga, vamos anda.

El reencuentro con Daniela me alegró un poco más el día. La verdad que en ocasiones me siento desubicada, cosa que veo de lo más normal porque este no es mi mundo. Pero es un mundo al cual quiero adaptarme porque es el de Malú, y no quiero que piense que a su lado estoy mal o incómoda. Y si lo estoy, jamás se lo diré, es la mujer de mi vida y cualquier sacrificio es poco.
 Después de tomarme el café con ella, y estar de risas y fiestas volví en busca de Malú. Debería estar preguntándose donde estoy, pero no sabía si era bueno contarle desde ya que Daniela estaba aquí.
-¿Amor dónde estabas?- preguntó ella nada más verme aparecer.
-Me tomé vía libre y me fui a curiosear.- dije risueña.
-Novelera.- exclamó.
-No perdona, curiosa.- las dos reímos ante mis ocurrencias. –Oye, recuérdame que cuando lleguemos a casa tengo que contarte algo.
-¿Y por qué no me la dices hora? Todavía falta un rato para que me llamen.
-Daniela está aquí.- dije sin más preámbulos.
-¿Qué Daniela? ¿Esa chica rubia que se pasa el día molestando?- murmuró pero no muy bajo para que la pudiese oír bien. -¿Y qué quiere ahora?- dijo en un tono más alto.
-Solo está trabajando.- añadí yo.
-Son cosas mías, ¿o la estás defendiendo?- preguntó sentándose de nuevo en aquel enorme sofá de la sala en la que descansaba.
-No la defiendo, solo digo que es normal. Tú eres famosa y ella es una mandada más.
-La verdad que podía vivir sin saberlo.- dijo después de un largo silencio.
-Pues ya lo sé para la próxima.
-¿Ya la has visto?- preguntó curiosa.
-Claro, si no ¿cómo lo sé?- contesté yo.
-Estabas tardando, ¿no? ¿Hace falta que te lo explique? Una llamadita de toda la vida.- se estaba poniendo demasiado borde, y no me gustaba nada.
-Mira Malú, solo te lo dije para que lo supieras. No pensé que sacarías las cosas de quicio.- dije sin más y con la misma salí de allí. Mi móvil sonó y así me ayudó a calmarme.
-Hola mami.- hacia días que no la llamaba y seguro que iba a matarme.
-Hola cariño.- dijo ella con su encanto natural, pero su voz sonaba triste.
-¿Qué pasó?- pregunté.
-Nada hija. ¿Qué tal México?- logró decir.
-México bien, pero no me cambies d tema. ¿Qué tienes?
-Acaban de despedir a tu padre cariño.- dijo apenas sin voz. Mi familia no estaba pasando por un buen momento y mi padre era la única salvación.
-¿Qué me dices?
-Ya no sé qué vamos hacer.- y ahí noté como mi madre se rompió en mil pedazos.
-Mamá, estate tranquila. Para algo estoy yo.- tenía que ayudar a mi familia en un momento así. No podía dejar que se murieran de hambre, porque lo de encontrar trabajo con la edad que tienen lo veía complicado. Ellos ayudaban a mis hermanos que también estaban en paro, pero ahora éramos nosotros los que debíamos ayudar.
-Mi amor, tú estás en México y estás estudiando para conseguir tu trabajo.
-Bueno mamá, eso no es problema. Cuenten conmigo para lo que haga falta, ahora tengo que dejarte mami.
-Vale cielo.- y aunque estén pasando penurias, ella siempre tan cariñosa.
-Un besito mami, te quiero.- y con ese “te quiero” colgué. Estaba destrozada no podía ver a mi familia así, y todo por esta dichosa crisis que parece q no terminará nunca. La decisión estaba tomada, debía partir para España para ayudar a mis padres. No podía estar allí sin hacer nada, y ellos pasando hambre.
-Malú, ¿podemos hablar?- dije en un tono más tranquilo que la última vez que hablamos.
-Ahora no puedo, ya hablaremos.- dijo sin mirarme.

-Bueno, pues solo decirte que cuando llegues al hotel y no me veas, no te preocupes. Me vuelvo a España.- levantó su vista y me miró asustada, pero no dijo nada. Yo salí de aquella sala con rumbo al hotel a recoger mis cosas, mi deber como hija me llamaba a gritos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario