Capítulo 29. Suena México en mi corazón.
No dije
nada solo me dediqué a mirar los mensajes que tenía en el móvil. Y
efectivamente ella tenía algo que ver. El juego de las fotos de perfil no
cesaba, pero yo sin duda alguna seguía teniendo la mejor, esas babas cayendo por
la mejilla. La foto era realmente bonita, me cogió justo de pie delante de la
cama preparando mi ropa. Ella notó mi atención exclusiva al móvil y se acercó a
ver que tanto llamaba mi atención. Me metí el móvil en el bolsillo de atrás
y cogí a Malú cual saco de papas y empecé a correr por todo aquel parque.
-Loca
que me vas a tirar.- me decía ella. Pero las carcajadas que le producía estar
boca abajo en mi hombro no la dejaban ni hablar. Cuando ya me cansé de correr
la tumbe en el césped sabía que si le hacía cosquillas no aguantaría mucho
rato. Y así fue, eso sí le hice todo tipo de cosquillas habidas y por haber.
-Vas a
matarme un día de estos.- dijo cogiendo aire aún tumbada.
-No
sabía que tuviese un cuerpo tan espectacular cielo.- exclamé yo con una mirada
fulminante.
-Ya
sabía yo que tendría que ser algo de eso.- y empezó a reírse de nuevo, vaya
mujer. –Pero, ¿sabes una cosa? Me encanta y he pensado en ponerla en casa.
-¿Cómo
vas a poner eso en casa amor?- pregunté incrédula.
-Es
tremendamente bonita, así que yo la quiero.- estaba muy seria diciendo aquello.
¿Cómo iba a poner un cuadro en el que estoy desnuda en casa? Cada día tenía más
claro de que me había enamorado de una loca.
-Bueno,
si pones el mío yo cogeré una del álbum de SÍ.- dije en tono amenazador.
-Tengo
una idea.- se lo había tomado en serio y se le notaba totalmente en la cara. Me
daba un miedo esas ideas repentinas. -¿Por qué no nos sacamos algunas fotos en
un estudio? Así haremos que sea nuestro hogar de verdad.- dijo sonriente
mientras se giraba en aquella hierba para verme bien.
-Ya
está confirmado, me he enamorado de una loca.- dije seria, lo más que pude
hasta que me dio un codazo.
-Y yo
de una imbécil.- exclamó ella. Se levantó y colocó su cuerpo sobre el mío para
así verme mejor, o eso supuse yo pero no tardó en fundirse conmigo. Era tan
impredecible que a veces me sorprendía.
-Mi
idea era en serio.- dijo a centímetros de mi boca y con su frente pegada a la
mía.
-Ya lo
veremos cuando volvamos a casa vida, creo que nos quedan unas semanas fuera.
-Tienes
razón.- y con eso volvió a besarme en aquel parque tan famoso bajo una tarde
increíble.
-¿Te
parece que culminemos este día en la piscina del hotel?- pregunté con una
sonrisa de oreja a oreja.
-Me
parece.- añadió ella levantándome de aquel parque.
Creo
que no tardamos ni diez minutos en llegar. Al doblar la esquina de las
escaleras del hotel agarré su cintura y la apoyé con fuerza en la pared. Nuestros
labios eran uno y entre nuestros cuerpos no había ni una ranura de aire. Enganchó
sus piernas en mi cintura, y enredó sus manos en mi pelo para agarrar mi cabeza
con más fuerza.
-Tranquila
amor que todavía no hemos llegado.- dije entre risas.
-Pues
ya estás tardando en abrir la dichosa puerta.- soltó ella comiéndose
literalmente mi cuello.
-Lo de
la piscina lo dejamos, ¿no?- no podía parar de reírme al verla tan sofocada.
-¿Quieres
abrir la dichosa puerta ya? Piscina no, piscino. Anda, anda… anda.- dijo riéndose,
mientras me empujaba contra la puerta. Al entrar la cama fue como nuestra
diana, no teníamos otra dirección.
Creo
que nunca la había visto así, llega a ser tan pasional que me sorprende. Sus
manos recorrían mi cuerpo como si no se conocieran, palpando cada poro de mi
piel.
-En
ocasiones te necesito tanto.- dijo subiendo por mi abdomen.
-¿Sólo
en ocasiones?- pregunté yo. En ese momento la puse bajo mi cuerpo. El olor que
desprendía su cuello me tenía hipnotizada. La apreté fuerte contra a mí, y pude
notar sus manos en mi espalda. Mi boca viajaba por el inmenso universo de su
cuerpo, callando gemidos ahogados que le provocaba cuando me quedaba demasiado
tiempo en su cuello. Nos sentíamos una, no había nada que calmara el amor que
en aquella habitación en el centro de Nueva York, desprendía.
-Cada
día soy más feliz a tu lado.- dijo buscando aún su respiración, la había dejado
en algún rincón de mi cuerpo.
-Eso lo
dices ahora, después de…- solté, las dos reímos ante mi comentario.
-Imbécil.
-Guapa.-
exclamé en su boca.
-Te
amo.
-¿Cuánto?-
pregunté.
-Demasiado.
¿Y tú?
-Yo no
te he dicho que te ame.- el comentario le llegó a lo más profundo. Cogió la
sabana de la cama y con la misma se levantó.
-No te
lo he dicho porque te lo demuestro los segundos que estoy a tu lado, Lú.- dije
mientras la sentaba de nuevo en la cama.
-Vete
por ahí, ¿sí?- se había enfadado de verdad.
-Escúchame,
ven aquí.- agarré su cara para que pudiese mirarme bien. - ¿Ves estos ojos que brillan
cuando te ven aparecer? ¿Y esta sonrisa que me sale cuando me hablas?- dije señalándola.
–Las mariposas que me recorren la tripa no te las puedo enseñar, pero todo esto
lo siento cuando te tengo cerca. Todo esto lo siento porque estoy enamorada de
ti, María Lucía.- una lágrima comenzó a recorrer su mejilla. –Es verdad, no te
he dicho nunca un te amo. Pero mi vida las palabras se las lleva el viento. La vida
se componen de momentos, y en mi vida ahora solo estás tú. Los momentos a tu
lado hacen que todo brille de otro color.
-¿Y qué
digo yo ante esto?- preguntó ella secándose las lágrimas.
-Con
que me digas que nunca dejarás de quererme me conformo.
-No lo
dudes enana.- sus labios volvieron a formarse con los míos, como si juntos
hubiesen nacido.
Entre beso
y beso, se levantó para ir al baño a ducharse. Yo aproveché y pedí algo rico
para cenar, y con el inglés que en el aquel momento me salió le pedí una rosa
blanca y otra roja al que me atendió por teléfono. La roja evidentemente como
símbolo de amor, de pasión y lujuria. Y la blanca, que tanto le gusta, como
símbolo de pureza, de verdad, para demostrarle que lo nuestro es un amor
verdadero.
Cuando
el camarero llegó coloqué todo de forma ordenada. Ella seguía en el baño, como
de costumbre un largo rato. Bajo las rosas una nota que decía: “Te amo, Ti amo,
I love you, Ich liebe dich, Je t’aime, Quérote, T’estimo… No hay ni idiomas, ni
tinta de bolígrafos para escribirte lo mucho que te amo. No existen palaras
para describir lo que mi cuerpo siente cuando tu piel roza mi piel, cuando tus
labios besan los míos. Ni existirá tiempo para demostrarte que eres la mujer de
mi vida. Pero todo eso es un futuro, y yo ahora quiero darte mi presente. Nunca
dudes que te amo, aunque te lo diga o no, porque no habrá mujer en la faz de la
tierra más enamorada que yo. Te quiero Lú.”
Al salir
y ver semejante ajetreo se quedó muda. Se acercó despacio y todavía tapada por
la toalla, a la bandeja y cogió la nota. En sus ojos se formaron unos surcos de
lágrimas, e irremediablemente me contagió a mí.
-No sé
ni cuando, ni como. Pero algún día serás mi mujer oficialmente.- dijo secándose
las lágrimas. Pero, ¿yo había entendido bien? Quería hacer esto más oficial
aún.
-Bueno,
deja la nota por ahí y vamos a comer.- mi subconsciente cambió rápidamente de
tema, sin saber por qué.
Los
días pasaban volando y con ellos nuestro amor incrementaba. Paseamos por la
Quinta Avenida donde tuvimos que comprar otra maleta porque de todo lo que
compró en la nuestra no cabía ni aposta. La subida al Empire State fue
increíble y el café que nos tomamos en medio del Time Square, tanto o más.
Disfrutamos de Nueva York de lo lindo, y Nueva York contemplo un amor de
verdad. Las calles neoyorquinas se no hacían demasiado cortas, nuestras manos parecían
que las habíamos pegado con pegamento porque en ningún momento las separábamos.
Nuestra relación se había afianzado mucho en aquella ciudad. Tenía la sensación
de que llevábamos juntas todo una vida, y apenas llevábamos cuatro meses. Pero tocaba
dejar esa increíble ciudad para volar hacia México.
Desde
el avión se veía gigante, tardamos cuatro horas en llegar, y solo dos eran
volando por encima del país. La llegada a México fue muy distinta a la de Nueva
York, en la puerta la esperaban muchísimos fans y coreaban su nombre al unísono.
Sus “jefes” ya estaban aquí, por lo que fue mucho más fácil porque nos vinieron
a recoger para llevarnos al hotel sin ningún problema. Era un país totalmente
distinto del que veníamos, y ya no solo por la elegancia que nos puede mostrar
el estado estadounidense, sino su gente. La gente era mucho más cercana, aunque
también era verdad que hablábamos el mismo idioma. Algunas calles parecían
sacadas de un cuento de los años 80, de tierra donde los niños se dedicaban a
jugar. México me había embrujado desde que me bajé del avión y respiré su aire.
Era un país acogedor, en el cual no me sentía como una extraña. El recibimiento
en el hotel fue impresionante con mariachis a la puerta y bailarines danzando
de un lado a otro.
-Por lo
visto el director es fan tuyo y ha querido darte las mejor de las bienvenidas.-
añadió su representante ante nuestras caras de asombro. No sabía ni a dónde
mirar por todos lados habían camareros sirviendo copas a los que allí estábamos,
por otro lado los bailarines que se acercaban a nosotras para que los viésemos en
todo su esplendor y la increíbles voces que tenían los mariachis. La verdad que
no salimos del asombro.
-Muchísimas
gracias por todo.- dijo por fin ella cuando salió del asombro.
-Increíble.-
pude añadir yo.
-Su
habitación señorita.- dijo el recepcionista con la llave en una bandeja.
-¿Nos
quedamos a vivir en México?- dije apoyada en el balcón de la terraza.
-Me
encantaría.- añadió Malú.
-Vaya
recibimiento que te han dado allá bajo.
-Estoy
en shock todavía.- su sonrisa rasgada salió a relucir.
-Es
pura magia.- dije. Fui a donde estaba apoyada para ponerla junto a mí. –Una
magia que me encanta vivir a tu lado mor.- giró su cabeza y me besó suavemente
la mejilla. Volvió a poner la vista al horizonte para asumir todo lo que ahora
le tocaba vivir.
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