miércoles, 2 de abril de 2014


Capítulo 26. Entre beso y beso.

-Quedan dos semanas.- dijo Malú metiendo los platos en el lavavajillas.
-¿Nada más?- dos semanas solo y cruzábamos el charco.
-Pues sí, se ha pasado el tiempo volando.- contestó al ver mi cara de asombro. Madre mía, y parece que fue el otro día cuando estaba en mi casa con mi familia en pleno mes de junio, y ya estamos terminando el de julio.
-Mi amor.- ella me miró risueña. –Contigo las horas parecen segundos, es lo más normal.- dije poniéndole ojitos, y formando con mis manos junto a mí pecho un corazón. Me miró seria para seguidamente estallar de risa. Me encantaba hacerla reír, y ver como con una sonrisa yo me enamoraba cada día más.

Esa noche caímos la dos rendidas ante la cama. No nos dio tiempo ni a darnos las buenas noches, estábamos realmente cansadas. Al despertarme noté su mano en mi tripa, así que debía ser temprano porque ella suele ser bastante madrugadora. Efectivamente miré mi reloj y era demasiado temprano como para que un ser humano se despierte aún. Así que tomé la mejor decisión que podía haber tomado que era observar como semejante diosa dormía. Nunca la había visto así, desde esa perspectiva. Su cara estaba justo enfrente de la mía, y su respiración llegaba hasta mí ser. Moría de amor al mirar cada uno de sus lunares, sobre todo el que tiene junto al labio inferior, el mismo que me lleva a la locura. No dejaba de mirar esa boca entre abierta que me dejaba ver una preciosa dentadura, creo que si debía de quedarme con algo de ella, sin duda seria su boca. Con su sonrisa, con esos labios que hacían lo que querían conmigo. Aunque después de su boca me quedaría con esos increíbles ojos. Unas pestañas aún con un poco de rímel, unas cejas finas y preciosas que le daban un carácter propio a su rostro, y cuando me miraba no había más mundo alrededor que no fuera ella. El olor de su pelo me tenía embrujada, su suavidad al enredar mis dedos en él me ponía los pelos de punta. No había una parte de ella que no me hiciera soñar despierta.
-¿Se puede saber que tanto miras?- dijo sin abrir los ojos, pero con una sonrisa de oreja a oreja.
-A ti.- dije sin más, me había cogido con las manos en la masa.
-¿Y qué es lo que tanto te gusta?- ahora si abrió los ojos para verme bien. Me acerqué un poco más a ella para verla bien.
-Tú.
-Quieres dejar de hablar con monosílabos cariño.
-Sí.- y en ese momento hablé con el cuerpo entero. Me coloqué encima de ella para comerme todo lo que minutos antes estaba alabando. Nuestras bocas a cada roce parecía conocerse un poquito más, su lengua jugaba con la mía a su antojo haciéndome sentir la mujer más feliz en aquel momento. Sus manos recorrían mi cuerpo, y las mías jugaban con su larga melena.
-¿Así mejor?- dije risueña junto a su boca intentado todavía encontrar el aire.
-No sé, dime algo más que no me quedó del todo claro.- soltó con una sonrisa diría yo que algo pervertida. Me lancé a su boca de nuevo pero con más ganas se caben. Ella recibía mis besos con fuerza, agarrando mi nuca para no dejarme ir.
-¿Ahora?- le pregunté apoyada en sus labios.
-¿Qué me decías cariño?- dijo muy seria.
Entonces me senté encima de ella y comencé a quitarle la camisa del pijama lentamente. Ahí dejo relucir su bonita sonrisa. Se la quité rozando toda su piel, mientras ella hacía lo mismo con la mía. Llegó el momento en el que nos quedamos desnudas para contemplarnos la una a la otra. Si su cara me llevaba al infinito y más allá, su cuerpo me daba más vértigo que tirarme del paracaídas. Sus dedos comenzaron a pasear por mi tripa rozando una zona que ella ya conocía demasiado bien. Era muy gracioso recordar nuestra primera vez en aquella casita de Algeciras cuando me dijo que debía enseñarla, y a día de hoy es toda una maestra. Apoyé mis manos cerca de sus hombros para poder mirarla bien, su boca hacía que me muriera de ganas por hacerla mía, mordiéndose ese labio que tantas veces me hacía delirar. Me hacía pensar todas las veces que discutimos, cuando su humor me sacaba de quicio. Pero es que la veo aquí ante mis ojos, y no la dejaría escapar por nada de este mundo. Estaba preciosa con el sol reflejado en su cara. Mis manos recorrían cada espacio de su cuerpo y de su ser. A cada suspiro que salía por ese cuerpo mis ganas de comérmela eran aún mayores. Le hice el amor, y la sentí mía como nunca antes, fundiéndome en todo lo que ella me daba. Agarré su cuerpo como pude, nuestros gemidos iban al compás y ahí nos perdimos juntas, acariciando su cuerpo para darme cuenta que nada de aquello era una mentira.
-Dios mío Gemma…- su respiración estaba entre cortada y hacía que yo me encendiera un poquito más porque sonaba tan sensual y tan rota que me hacía delirar. Bajé por sus curvas buscando algo que en aquel momento sentía que era tan mío como de ella. Una vez allí sus suspiros cada vez se hacían mayores, sus manos agarraban mi pelo con fuerza, sin apenas dejarme respirar. Su sonrisa era evidente, porque allí había un amor verdadero. En aquel momento no existía nada que no fuéramos nosotras, éramos el centro de nuestro particular universo en lo que todo empezaba y terminaba con nosotras, pero sobretodo con ella y con su felicidad.
Intentábamos buscar nuestra respiración de nuevo, todavía con sus manos en mi pelo.
-¿Algo más que de decir en esta bonita mañana?- me preguntó con su frente pegada a la mía.
-Que te amo.- sus ojos le brillaban como brilla el amor cuando el sol de un atardecer lo baña.

Después de darnos una buena ducha, salió con Vero a organizar el viaje en México y yo mientras me quedaría en casa estudiando un poco. A penas quedaba un mes y poco para las oposiciones. En el fondo no las llevaba tan mal, pero me agobiaba la idea de no conseguir trabajo y seguir en casa de Malú por la cara. También me había planteado seriamente ponerme hacer deporte, siempre me había gustado y desde que estoy en la capital española no me había puesto ni la ropa de deporte. Pues era ahora o nunca, me decidí sobre la marcha dejando los apuntes de lado y me vestí. Cerca de la casa había un parque enorme que no había visitado aún. Agarré a las tres niñas que estaban igual de aburridas que yo y nos fuimos de paseo.
La verdad que el parque era realmente bonito. Siempre pasábamos por delante con el coche, pero nunca me dio por mirar a ver cómo era. Era enorme, y tenía todo muy dividido. Yo me dispuse a pasearlo todo para luego quedarme en la zona más tranquila para que Lola, Rumba y Danka pudieran jugar a su antojo.
-¿Puedo?- dijo una voz por detrás de mí. Al girar mi cara no me lo podía creer, me esperaba a todo el mundo allí menos a ella.
-Si tú puedes.-contesté lo más seca que pude.
-Buenos días.- dijo al fin sentándose a mi lado. Yo la miré incrédula ante lo que estaba viendo.
-¿Se puede saber que haces aquí?
-Vivo por aquí.- dijo muy seria. –No te pensarás que el barrio es solo de tu chica, ¿no? Paseo a mis perros igual que haces tú.- ahora si es verdad que el mundo era un auténtico pañuelo.
-Te viene de lujo para observarnos.- exclamé de repente. Era la misma rubia que tanto me había incordiado el día anterior.
-Intento separar mi trabajo de mi vida privada.- me contestó risueña. La verdad que allí sentada parecía otra mujer. –Por cierto me llamo Daniela, puedes llamarme Dani.
-Encantada, tú ya te sabes el mío, ¿no?
-Sí, creo que sí.- me dijo con una dulce sonrisa. ¿Esa chica era la misma que tenía ganas de matar hace apenas un día?
-Bueno Daniela, me marchó ya que hay que seguir estudiando.
-¿Qué estudias?- me preguntó curiosa. –Entre amigas, esto no saldrá a la luz.- dijo divertida. Yo también opte por reírme.
-Hice filología hispánica, pero ahora estoy con las oposiciones.- dije yo mientras llamaba a las perras.
-Ostras lo mismo que yo, pero yo hice el máster de la rama de periodismo. Al final tendremos cosas en común y todo.- la verdad que la chica parecía muy simpática.

-Bueno hasta luego.- cogí a mis niñas y volví a casa para seguir con mi estupenda rutina.

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