martes, 4 de marzo de 2014


Capítulo 11. Alejándote a kilómetros de mí.

No conocía de nada al tal Carlos pero si me lo encontraba por la calle lo mínimo era una gran patada en la boca. Por qué siempre había algo que tenía que cagarla. No era tan complicado. La vida es bastante fácil, pero nos gusta complicarlo todo. Malú seguía sentada en la mesa del comedor dándole vueltas a su móvil. Su cara en ese momento era de pocos amigos, por eso yo no quise seguir insistiendo en el tema. Me levanté y fui hacia la cocina. Era tarde y yo por lo menos estaba muerta de hambre. Me apetecía algo suave así con lo que tenía en la nevera preparé la ensalada para dos, aunque no sé si ella quería comer tal y como estaba. Estaba realmente preocupada, y yo seguía pensando que el por qué de tanta vuelta, ¿tan malo era admitir que te gustan las mujeres? Parece ser que sí. Terminamos de comer y seguíamos sin pronunciar palabra. Yo recogía la mesa mientras contestaba en al teléfono. Salió de la casa y hablaba bajito, pero aún así pude escuchar algo. “… no lo sé Vero, no lo sé. Pero si lo admito mi carrera dará un vuelco, y después del de La Voz no me apetece.” Fue lo único que pude escuchar. Bueno, o que quise escuchar. Me subí a mi dormitorio y me tumbé en mi cama. Desde allí todo se veía de otra manera. Hace un día me dice que me quiere, para luego decir que no quiere que su vida cambie. Ya es algo tarde, porque ya ha cambiado. En Madrid me echó en cara lo que hizo ante su padre, pero si se trata de que lo sepa el mundo es otra cosa. No entendía nada de su actitud. Un día es una de cal, y al otro una de arena. Soy yo la que le digo que tengo dudas y no quiero sufrir, ella con sus besos me vuelve loca. ¿Y ahora le dice a Vero eso? De verdad que yo no entendía nada.
-Gemma, ¿dónde estás?
-En mi dormitorio.- contesté yo, con la mirada perdida en el techo.
-Oye.- dijo entrando. –Me voy a ir al hotel, ¿vale?- todavía seguía sin saber qué demonios hacía en un hotel viviendo su padre aquí.
-Perfecto.- contesté yo mirando aún al techo.
-¿Te pasa algo?- me preguntó acercándose a la cama.
-No, estoy perfecta.- mentí. Ella no sabía que había escuchado la conversación y estaba tan tranquila.
-Pues si estás perfecta, me voy.- cogí su bolso, y las gafas de sol de la mesa de noche. Se acercó a darme un beso, y yo giré la cara obligándola a dármelo en la mejilla. –Gemma, ¿qué coño te pasa?- volvió a preguntarme de nuevo, pero esta vez un poco molesta por mi gesto.
-Ya te he dicho que nada, Malú.- contesté en el mismo tono en el que ella me había preguntado.
-Eres como una niña de quince años. No hay quien te entienda.- sin darse cuenta había subido más el tono de voz.
-¿No hay quién me entienda?- pregunté sentándome en la cama. –No soy yo la que un día te lo da todo, y al día siguiente te lo quita, Malú.
-¿Qué dices?- preguntó cabreada. – ¿Cuándo te he quitado yo nada?
-Malú, ayer te dije que tenía dudas, que no quería sufrir. Y tú que no, que no. Que todo iba a salir bien. Que me querías y que querías que lo intentara.- le dije levantándome para poder estar a su altura, una discusión sentada era bastante incómodo. –¿Y hoy le dices a Vero qué no quieres que tu vida vuelva a dar un vuelco?
-¿Cómo sabes eso?- preguntó ofendida.
-Tengo oídos. Y para tu información, también sentimientos.- me volví a sentar en la cama. No quería verle la cara tan de cerca. –Malú, tu vida dio un vuelvo desde el momento en el que me besaste.- dije derramando una lágrima de toda la rabia que llevaba dentro.
-Gemma…- intentó decirme algo pero se calló.
-Malú, llama a esa revista y desmiéntelo todo. Yo no voy a ser la causante de tu supuesto vuelco.- le dije cabizbaja pero con un tono normal para que me oyera.
-¿Qué me quieres decir con eso?- preguntó con un hilo de voz.
-Que si ayer te comiste mis dudas, hoy las escupiste en mi cara una a una, con más fuerza si cabe.- me levanté para ponerme frente a ella. –Lo siento, pero yo así no puedo. Vete a ese hotel, llama a la revista y di que es todo mentira.- cogí la puerta y bajé a la terraza. No solía fumar, pero hoy lo necesitaba. A los cinco minutos bajó ella. Pasó por delante de mí sin decir nada. Pero cuando llegó a la puerta para salir al exterior se quedó parada, me miró. Tenía la cara como un tomate, por lo que supuse que había estado llorando.
-Cuídate mucho.- y después de ese “mucho” dicho casi en un susurro, cerró la puerta. Escuché por un segundo el ruido de su coche, y la oí desaparecer.
Sabía que era ella la mujer de mi vida, pero a lo mejor ese no era nuestro momento. Solo esperaba que se cuidara y fuera feliz. Y cuando el destino quisiese seriamos una de nuevo. Pero esta vez, sin trabas ni miedos.

Los días pasaban y yo debía seguir con mi vida, con mi carrera. Y pensar en mi futuro que en breve cambiaría. Hacía el esfuerzo de mi vida para aparentar la de siempre, pero un fantasma volvía a mi cuando menos me lo esperaba. Mis amigas se cansaron de preguntar por mi estado de ánimo, y ya de último solo querían ver mi sonrisa. A veces forzada, y otras no tanto. Con todas las preocupaciones que mi mente abarcaba terminó mayo. En pocos días era mi cumpleaños y creo que iba a ser el único año que no lo celebrase. Ni me apetecía, ni tenía tiempo para ello. En mi mente solo podía estar el trabajo para terminar, y luego volver a casa por verano. Era lo que más me apetecía de todo aquello. Volver a casa, estar con los mios. Descansar en la playa de nuevo. Era la vida que más me gustaba, y este año la que más me merecía.
Un día en medio de clase recibo un whatsapp de mi hermano: “Cuando puedas hablar avísame”. Mi hermano no solía decirme eso. Basicamente me hablaba, y cuando yo pudiera le contestaba. Salí de la clase y lo llamé.
-Gemma…- escuché una voz asustada, y eso no me gustaba nada.
-¿Qué pasó?- contesté yo alarmada.
-Es abuela, Gemma. Está mal.- mi hermano rompió a llorar, y yo con él. –Debes venir cuanto antes.
-Miguel, ¿qué ha pasado?- pregunté sollozando.
-Se muere, Gemma. Se muere.- esas palabras me llegaron a lo más hondo. Mi abuela ha vivido con nosotros desde siempre. No tengo recuerdos en los que ella no esté. El destino no podía hacerme esto. Mi abuela no, por favor. Dejé de llorar, me lavé la cara y entré a clase de nuevo. Nadie notó nada, es más hicieron como si no me hubiese ido. ¿Y qué iba a hacer ahora? En unos días acababa la universidad, y debía presentar el dichoso trabajo final. Mi vida era un autentico caos.

Después de pensármelo mucho en aquella clase, fui al despacho de mi tutor de trabajo. Tuve que explicarle lo que me había pasado con pelos y señales. Él como buen hombre, lo entendió perfectamente. Me pidió que hiciese el trabajo, pero que se lo mandara por correo. Y por las clases que me quedaba, que ni me preocupase que él se encargaría.
-Gemma, ánimo y lo siento.- fueron sus palabras cuando salí del despacho.


Llegué a mi casa e hice la maleta más rápido que nunca. Metí todas las cosas que necesitaría. Y las que dejaba aquí ya vendría algún día a buscarlas. No era del todo importante. Metí la moto en el garaje, y salí a escape hacia el aeropuerto destino Canarias. Mi abuela no se podía ir sin verme de nuevo después de tanto tiempo. NO había otra cosa en el mundo que me preocupase tanto. Cuando llegué al aeropuerto y me compré el pasaje, me senté en una cafetería a tomarme una tila. No dejaba de llorar, y necesitaba calmar mis nervios. Hasta que llegó la hora, me dirigía hacia la puerta de embarque, cuando llegué me fijé en la puerta que estaba justo pegada a la mía. Tenía como destino Madrid, y mientras miraba a la multitud esperar que llegaran las azafatas la vi. De pie firmando un autógrafo a una niña que estaba con su madre. Iba guapísima, vestida toda de negro y el pelo suelto. ¿Cuánto tiempo había pasado desde aquel día? Un mes. Un asqueroso y largo mes. Ella se percató de que alguien la fulminaba con la mirada y puso los ojos en mí. Su cara cambió al segundo. “Señores pasajeros con destino Gran Canaria embarquen por la puerta número 5”, el sonido de la azafata anunciando mi vuelo hizo que volviera a mí de nuevo. Ella miró el cartel de mi puerta y se percató de que era el mío. Volvió a mirarme, y yo avanzando entre la multitud solté nuevo una lágrima. La miré por última vez, y bajé las escaleras hasta llegar al avión. Una vez allí, no me dio tiempo ni de escuchar las indicaciones de vuelo. La tila había hecho su efecto.

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