Capítulo 11. Alejándote a kilómetros de mí.
No
conocía de nada al tal Carlos pero si me lo encontraba por la calle lo mínimo
era una gran patada en la boca. Por qué siempre había algo que tenía que
cagarla. No era tan complicado. La vida es bastante fácil, pero nos gusta
complicarlo todo. Malú seguía sentada en la mesa del comedor dándole vueltas a
su móvil. Su cara en ese momento era de pocos amigos, por eso yo no quise
seguir insistiendo en el tema. Me levanté y fui hacia la cocina. Era tarde y yo
por lo menos estaba muerta de hambre. Me apetecía algo suave así con lo que
tenía en la nevera preparé la ensalada para dos, aunque no sé si ella quería
comer tal y como estaba. Estaba realmente preocupada, y yo seguía pensando que
el por qué de tanta vuelta, ¿tan malo era admitir que te gustan las mujeres?
Parece ser que sí. Terminamos de comer y seguíamos sin pronunciar palabra. Yo
recogía la mesa mientras contestaba en al teléfono. Salió de la casa y hablaba
bajito, pero aún así pude escuchar algo. “… no lo sé Vero, no lo sé. Pero si lo
admito mi carrera dará un vuelco, y después del de La Voz no me apetece.” Fue
lo único que pude escuchar. Bueno, o que quise escuchar. Me subí a mi
dormitorio y me tumbé en mi cama. Desde allí todo se veía de otra manera. Hace
un día me dice que me quiere, para luego decir que no quiere que su vida
cambie. Ya es algo tarde, porque ya ha cambiado. En Madrid me echó en cara lo
que hizo ante su padre, pero si se trata de que lo sepa el mundo es otra cosa.
No entendía nada de su actitud. Un día es una de cal, y al otro una de arena.
Soy yo la que le digo que tengo dudas y no quiero sufrir, ella con sus besos me
vuelve loca. ¿Y ahora le dice a Vero eso? De verdad que yo no entendía nada.
-Gemma,
¿dónde estás?
-En mi
dormitorio.- contesté yo, con la mirada perdida en el techo.
-Oye.- dijo
entrando. –Me voy a ir al hotel, ¿vale?- todavía seguía sin saber qué demonios
hacía en un hotel viviendo su padre aquí.
-Perfecto.-
contesté yo mirando aún al techo.
-¿Te
pasa algo?- me preguntó acercándose a la cama.
-No,
estoy perfecta.- mentí. Ella no sabía que había escuchado la conversación y
estaba tan tranquila.
-Pues
si estás perfecta, me voy.- cogí su bolso, y las gafas de sol de la mesa de
noche. Se acercó a darme un beso, y yo giré la cara obligándola a dármelo en la
mejilla. –Gemma, ¿qué coño te pasa?- volvió a preguntarme de nuevo, pero esta
vez un poco molesta por mi gesto.
-Ya te
he dicho que nada, Malú.- contesté en el mismo tono en el que ella me había
preguntado.
-Eres
como una niña de quince años. No hay quien te entienda.- sin darse cuenta había
subido más el tono de voz.
-¿No
hay quién me entienda?- pregunté sentándome en la cama. –No soy yo la que un
día te lo da todo, y al día siguiente te lo quita, Malú.
-¿Qué
dices?- preguntó cabreada. – ¿Cuándo te he quitado yo nada?
-Malú,
ayer te dije que tenía dudas, que no quería sufrir. Y tú que no, que no. Que
todo iba a salir bien. Que me querías y que querías que lo intentara.- le dije levantándome
para poder estar a su altura, una discusión sentada era bastante incómodo. –¿Y hoy
le dices a Vero qué no quieres que tu vida vuelva a dar un vuelco?
-¿Cómo
sabes eso?- preguntó ofendida.
-Tengo
oídos. Y para tu información, también sentimientos.- me volví a sentar en la
cama. No quería verle la cara tan de cerca. –Malú, tu vida dio un vuelvo desde
el momento en el que me besaste.- dije derramando una lágrima de toda la rabia
que llevaba dentro.
-Gemma…-
intentó decirme algo pero se calló.
-Malú,
llama a esa revista y desmiéntelo todo. Yo no voy a ser la causante de tu
supuesto vuelco.- le dije cabizbaja pero con un tono normal para que me oyera.
-¿Qué
me quieres decir con eso?- preguntó con un hilo de voz.
-Que si
ayer te comiste mis dudas, hoy las escupiste en mi cara una a una, con más
fuerza si cabe.- me levanté para ponerme frente a ella. –Lo siento, pero yo así
no puedo. Vete a ese hotel, llama a la revista y di que es todo mentira.- cogí
la puerta y bajé a la terraza. No solía fumar, pero hoy lo necesitaba. A los
cinco minutos bajó ella. Pasó por delante de mí sin decir nada. Pero cuando
llegó a la puerta para salir al exterior se quedó parada, me miró. Tenía la
cara como un tomate, por lo que supuse que había estado llorando.
-Cuídate
mucho.- y después de ese “mucho” dicho casi en un susurro, cerró la puerta.
Escuché por un segundo el ruido de su coche, y la oí desaparecer.
Sabía
que era ella la mujer de mi vida, pero a lo mejor ese no era nuestro momento.
Solo esperaba que se cuidara y fuera feliz. Y cuando el destino quisiese
seriamos una de nuevo. Pero esta vez, sin trabas ni miedos.
Los
días pasaban y yo debía seguir con mi vida, con mi carrera. Y pensar en mi
futuro que en breve cambiaría. Hacía el esfuerzo de mi vida para aparentar la
de siempre, pero un fantasma volvía a mi cuando menos me lo esperaba. Mis amigas
se cansaron de preguntar por mi estado de ánimo, y ya de último solo querían
ver mi sonrisa. A veces forzada, y otras no tanto. Con todas las preocupaciones
que mi mente abarcaba terminó mayo. En pocos días era mi cumpleaños y creo que
iba a ser el único año que no lo celebrase. Ni me apetecía, ni tenía tiempo
para ello. En mi mente solo podía estar el trabajo para terminar, y luego
volver a casa por verano. Era lo que más me apetecía de todo aquello. Volver a
casa, estar con los mios. Descansar en la playa de nuevo. Era la vida que más
me gustaba, y este año la que más me merecía.
Un día
en medio de clase recibo un whatsapp de mi hermano: “Cuando puedas hablar avísame”.
Mi hermano no solía decirme eso. Basicamente me hablaba, y cuando yo pudiera le
contestaba. Salí de la clase y lo llamé.
-Gemma…-
escuché una voz asustada, y eso no me gustaba nada.
-¿Qué
pasó?- contesté yo alarmada.
-Es
abuela, Gemma. Está mal.- mi hermano rompió a llorar, y yo con él. –Debes venir
cuanto antes.
-Miguel,
¿qué ha pasado?- pregunté sollozando.
-Se
muere, Gemma. Se muere.- esas palabras me llegaron a lo más hondo. Mi abuela ha
vivido con nosotros desde siempre. No tengo recuerdos en los que ella no esté.
El destino no podía hacerme esto. Mi abuela no, por favor. Dejé de llorar, me
lavé la cara y entré a clase de nuevo. Nadie notó nada, es más hicieron como si
no me hubiese ido. ¿Y qué iba a hacer ahora? En unos días acababa la
universidad, y debía presentar el dichoso trabajo final. Mi vida era un
autentico caos.
Después
de pensármelo mucho en aquella clase, fui al despacho de mi tutor de trabajo.
Tuve que explicarle lo que me había pasado con pelos y señales. Él como buen
hombre, lo entendió perfectamente. Me pidió que hiciese el trabajo, pero que se
lo mandara por correo. Y por las clases que me quedaba, que ni me preocupase
que él se encargaría.
-Gemma,
ánimo y lo siento.- fueron sus palabras cuando salí del despacho.
Llegué a
mi casa e hice la maleta más rápido que nunca. Metí todas las cosas que necesitaría.
Y las que dejaba aquí ya vendría algún día a buscarlas. No era del todo importante.
Metí la moto en el garaje, y salí a escape hacia el aeropuerto destino
Canarias. Mi abuela no se podía ir sin verme de nuevo después de tanto tiempo.
NO había otra cosa en el mundo que me preocupase tanto. Cuando llegué al
aeropuerto y me compré el pasaje, me senté en una cafetería a tomarme una tila.
No dejaba de llorar, y necesitaba calmar mis nervios. Hasta que llegó la hora,
me dirigía hacia la puerta de embarque, cuando llegué me fijé en la puerta que
estaba justo pegada a la mía. Tenía como destino Madrid, y mientras
miraba a la multitud esperar que llegaran las azafatas la vi. De pie firmando
un autógrafo a una niña que estaba con su madre. Iba guapísima, vestida toda de
negro y el pelo suelto. ¿Cuánto tiempo había pasado desde aquel día? Un mes. Un
asqueroso y largo mes. Ella se percató de que alguien la fulminaba con la
mirada y puso los ojos en mí. Su cara cambió al segundo. “Señores pasajeros con
destino Gran Canaria embarquen por la puerta número 5”, el sonido de la azafata
anunciando mi vuelo hizo que volviera a mí de nuevo. Ella miró el cartel de mi
puerta y se percató de que era el mío. Volvió a mirarme, y yo avanzando entre
la multitud solté nuevo una lágrima. La miré por última vez, y bajé las
escaleras hasta llegar al avión. Una vez allí, no me dio tiempo ni de escuchar
las indicaciones de vuelo. La tila había hecho su efecto.
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