jueves, 20 de marzo de 2014


Capítulo 21. Nuestro hogar, dulce hogar.

-Cielo…- dije después de un rato con caricias por un lado y besos por el otro. –Tenemos que hablar.
-¿Qué pasa?- preguntó alarmada. Me daba un miedo terrible contarle lo de Ana, pero era mi deber, y ella debía confiar en mí.
-Si no te he dicho nada antes es porque por teléfono todo se puede malinterpretar, y yo lo que quiero es que confíes en que te voy a contar siempre toda la verdad.- se incorporó en la cama algo incómoda.
-Gemma, dilo ya que me estás asustando.
-El viernes salí a cenar con Ana…
-No me jodas.- dijo interrumpiéndome. –Gemma, joder te dije que no me gusta esa chica y tú esperas a que me vaya para salir con ella.
-Malú, ¿me quieres dejar hablar?- estaba molesta y creo que ya entrando en el enfado. –Recuerda que Ana a pesar de todo es mi amiga, y yo la trato como tal.
-Pues tu supuesta amiga bien que te tira la caña, guapa.
-Mira si lo sé no te digo nada.- odiaba cuando se ponía así de estúpida. Se lo estoy contando con toda la buena fe del mundo y ella solo piensa en negativo.
-¿A dónde vas?- yo me levanté de la cama para vestirme y bajar a la cocina.
-A vestirme y comer.
-Ven anda.- jaló de mi mano y volvió a sentarme en la cama. Ahora posando sus labios en mi cuello. –Perdona, termina lo que querías decir.
-Ana me besó, y yo seguidamente la quité y le dije que estaba enamorada. Eso es todo.- intenté volver a levantarme pero ella no me dejó.
-¿Ves lo qué te quiero decir?- soltó ella agarrándome.
-Y tú, ¿recuerdas qué a la que quiero es a ti?- bajó la mirada en la cama confundida. – Joder Malú, odio cuando te pones así. No sé cómo debo decirte que no existe nadie más que no seas tú, que sueño contigo de día y de noche.- exclamé ahora yo enfadada.
-Y, ¿por qué no me lo dijiste en el momento?
-¿Otra vez?- le pregunté de pie junto a la cama. -Porque quería que tu vieras en mí toda la verdad, y no malinterpretaras nada por teléfono. Pensé que había actuado bien, veo que no.- agarró mi cara para darme un dulce beso en los labios.
-Siento haberme puesto así. Confío en ti más que en nadie.- esta vez el beso se alargó algo más.
-Pues demuéstralo.- me levanté y esta vez no me agarró, ni me puso impedimento. Salí del cuarto visiblemente molesta por su actitud. Odiaba que se pusiera así cuando le he demostrado que la quiero. Voy a cambiar mi vida para pasarla junto a ella, y duda todavía de lo que hago o dejo de hacer. Me fui a la cocina porque habíamos llegado a casa súper tarde y no había ni cenado. Preparé dos sándwich, y dos zumos que quedaban en mi despensa. Era lo único que tenía después de estar unas semanas en casa. Volví a subir a mi habitación y me la encontré acostada completamente con la cabeza por debajo de la almohada.
-He traído algo para comer y poder dormir.- puse la bandeja en la mesa de noche y me coloqué a su lado.
-Gorda, no te canses nunca de mí, ¿vale?
-Creo que te amo más por lo tonta que eres.- y le quité la almohada de la cara.
-Es que yo deseando tenerte en mis brazos, y es esa tipa la que te besa. Cuando era yo la que debería estar ahí.- se levantó para colocar su cabeza en mi tripa.
-Pero la diferencia es que tus besos me dan la vida cariño.- me miró y con una sutil sonrisa volvió a jugar con mi reloj muerta de vergüenza.

No sé en qué momento, pero el sueño pudo con nosotras. A la mañana siguiente me desperté y tenía una nota junto a mí: “Gorda, me voy a la entrevista. Te quiero, vuelvo a la hora de comer”. Se había levantado súper temprano con lo poco que le gusta madrugar, vaya chica responsable. Yo me levanté con las pocas ganas que tenía y me dispuse a ir metiendo todas mis cosas en cajas. Me daba tanta pena irme de aquí que a cada cosa que cogía un recuerdo venía a mi mente, y una lágrima caía por mi mejilla. Tenía tantas cosas que no tenía ni cajas para guardarlas. Todavía no sabía cómo lo íbamos hacer, yo tenía la moto, ella el coche. Tendríamos que ir las dos a Madrid, pero iríamos separadas. Pero luego estaríamos una vida juntas, no creo que unas horas nos dolieran tanto. Se acercaba la hora de comer y en la nevera había lo mismo que en el congelador, es decir, nada. Salí como una loca a comprar algo, Malú estaría a punto de llegar y yo sin hacerle nada. Vaya desastre estoy hecha, ya decía mi madre que no cambiaría nunca.

-Gorda, ¿cómo lo vamos hacer para la mudanza?- me dijo mientras comíamos los macarrones preparados a última hora.
-Pues supongo que tú en tu coche llevando las cosas y yo en la moto, ¿no?
-Jo, no quiero ir separadas.- me dijo poniendo morritos.
-Pues cielo, me dirás como lo hacemos.
-Tengo una idea.- exclamó divertida.
-Sorpréndeme…
-Mi padre tiene que ir a Madrid justo esta noche. Le puedo pedir que suspenda el vuelo y que lleve nuestro coche.- tiene cada idea que yo no sé de donde las saca. –Y nosotras vamos en la moto, con el pelo al viento. ¿Qué te parece?
-Malú, estas comprando una hora de avión, con seis de coche amor.- me levanté para ir recogiendo los platos y ella vino detrás de mí. –Tu padre nos mata.
-Ya, pero es mi padre y no me va a decir que no.- su tono se puso serio, lo último que yo quería era otra discusión.
-Está bien, pero se lo pides tú.- sonrió al escucharme y así lo hizo, fue directa a por el móvil para llamar a su padre. Y como no, Pepe no le dijo nada. Malú era la niña de sus ojos, la consentida, el ojito derecho. Aunque yo no podía quejarme porque entre su padre y el mío estaba en un pedestal. Colgó y justo al instante recibió otra llamada, pero esta vez se salió a la terraza para cogerlo.
-¿Quién era qué huiste de mí?- le dije abrazándola por detrás.
-La revista. Tenemos la entrevista mañana.- y soltó una risita nerviosa. Madre mía vaya paliza nos íbamos a dar. De Sevilla a Madrid en moto, para llegar a las tantas y por la mañana a la revista dichosa a contar nuestro amor. En el fondo no me apetecía nada, lo estábamos haciendo por fuerza, y lo que se hace por la fuerza acaba saliendo mal, pero era lo que ella quería y no le iba a decir que no. Fuimos preparando el coche para que estuviera listo y su padre se lo pudiera llevar ya. No sé cuantas veces miré mi casa antes de cerrar aquella puerta, y para siempre. Mis amigas me iban a matar porque he estado en Sevilla y no me he despedido de ellas, pero volveré.
Dejamos el coche en la casa de su padre y nosotras casi a las seis de la tarde, pusimos rumbo a Madrid. Tuve que dejarle mi ropa de moto porque se iba a congelar ahí detrás. No sé que parecía, pero estaba realmente sexi vestida así.
-¿Qué me miras?- dijo colocando las manos en su cintura.
-Es una pena que vayamos en moto.- y le solté un guiño rápido, con lo que conseguí que ella se echara a reír.
Nos subimos en la moto y aceleré para meterme ya en autopista. Ella iba agarrada muy fuerte a mí, no sé si por el miedo o porque quería.
-Es la segunda vez que me subo a una moto.- me dijo gritando. Claro la primera fue cuando me la llevé a casa porque la estaban persiguiendo. Supuse que el estar agarrada así era por el miedo.

A cada dos horas iba haciendo paradas, porque ir en moto es mucho más incómodo. Así ella se aprovechaba en todos los puestos de servicio para comer algo. A las seis horas y diez minutos entramos al fin a Madrid. Eran pasadas las doce y el tráfico era algo más fluido. Siguiendo sus direcciones llegamos a su casa. Allí estaba de nuevo, la última vez que vine no pasé un buen fin de semana. Pero ahora iba a ser muy distinto. Este era mi hogar, nuestro hogar. Y aunque todavía no lo veía así, poco a poco me iría acostumbrado. El primer paso ya estaba dado, y lo mejor es que sus perras ya me adoraban. Así que no podía quejarme.
Pasadas las doce y media llegó Pepe con el coche cargado de cosas.
-Muchísimas gracias por darle el capricho a tu hija.- le dije riendo cuando Malú no podía escucharme.
-Ahora es toda tuya eh, yo ya me desentiendo.- estaba tan gracioso como siempre. La verdad es que había dado en el clavo con ella, me hacía feliz y todo su elenco era increíble. Su madre era a la que menos conocía, pero de vista porque ya Malú me lo había contado todo. Jose su hermano, era un caso aparte, era muy tímido hasta que cogía confianza y era un Sánchez de los pies a la cabeza. Y por último, el gran Pepe de Lucía, que grande es y como adora a su hija, e incluso a mí.
-¿Te gusta?- le dije a mi suegro mientras él acariciaba mi moto.
-La verdad es que llevo toda la vida queriendo tener una, pero a Pepi no le gustaban y ahora estoy demasiado mayor.- me dijo con nostalgia. Cogí mi abrigo y con la mirada le dije que cogiera sus cosas.
-Amor, voy a llevar a tu padre al hotel. Ahora vuelvo, no me eches de menos.- le grite desde el patio.
-¿Y me dejas a mi sola con la mudanza? Tienes un morro que te lo pisas guapa.- la pobre en el fondo me daba pena.
-Ahora vuelvo, déjalo como está.- le dije mandándole un beso volado. Encendí mi moto, mientras padre e hija se despedían.
-Esto no te lo pagaré nunca Gemma hija, me encanta.- exclamó Pepe contento subiéndose a la moto.

-No se preocupe, que no me debe nada. ¿A dónde le llevo?- pregunté. Él me fue indicando como mucha agilidad, y viviendo aquel momento. Estaba como un niño pequeño con zapatos nuevos.

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