lunes, 17 de marzo de 2014


Capítulo 19. Tejiendo lunas en la madrugada.

Volví a casa de nuevo y ahí estaba otra vez, el coche de Ana estaba aparcado en la misma puerta. No sé qué diablos le había dado, nunca había sido así. O al menos no la Ana que yo conocía. Estaba siendo bastante impertinente, y en ocasiones odiosa. Yo la quería mucho, había compartido momentos inolvidables de mi vida con ella. Pero como amiga, ahora yo estaba enamorada, no quería saber nada de ella más allá de una simple amistad. Pero creo que el concepto amistad para ella no existía.
-Hola guapa.- me dijo mientras me daba dos besos.
-Hola fea.- contesté yo divertida. -¿Qué haces aquí?
-Me acordé de que hoy se iba tu novia y he venido a invitarte a cenar.- estaba esperando a que Malú se fuera para entrar en ataque. No me había fijado bien, pero se había puesto muy guapa. Siempre lo fue, pero ahora éramos más mujer y eso se notaba.
-¿Estabas esperando a que se fuera?
-Para nada, solo que ahora imagino que ahora tendrás más tiempo libre.- sabía que estando Malú aquí yo no iba a quedar con nadie que no fuera ella, era evidente.
-Está bien, iré a cambiarme.- le dije con una sutil sonrisa. Me dirigía hacia mi habitación cuando vi que venía detrás de mí.
-¿A dónde vienes?- pregunté dándome la vuelta para verla.
-A tu habitación. ¿No me digas que ahora tienes vergüenza de cambiarte delante de mí?- se echó a reír, y se metió en el dormitorio. Ella en realidad pensaba que todo seguía igual que antes, pero las cosas no funcionaban así. Yo tenía pareja, y no iba cambiándome de ropa delante de todo el mundo, pero a lo mejor tenía razón. Éramos amigas, y no creo que fuera nada del otro mundo y tampoco creo que fuera a ver nada nuevo.
-No tienes remedio.- le dije quitándome los zapatos.
Me fui desvistiendo ante su atenta mirada. Por el rabillo de mi ojo derecho podía ver que recorría mi cuerpo de arriba abajo. Sin ningún pudor.
-El culo te ha cogido bastante forma eehh- se echó a reír y yo me puse roja al instante.
-Vete a cagar, guapa.- le dije poniendo mi culo pegado al armario.
-Se nota que haces deporte amiga, tienes un cuerpazo.- me dijo mirándome de nuevo de arriba  abajo como si fuera un monumento.
-Ana, como sigas así te pones fuera eehh.- al escuchar mi comentario más se reía.
-Como estamos de antipáticas.
-Venga anda vamos que al final vas a ir tú sola.- dije poniéndome la última bota. Salimos de mi casa y nos subimos en su coche. Mi móvil comenzó a sonar, y cuando vi la pantalla se me iluminó la cara.
-Hola princesa de mi cuento infinito.- le dije con todo mi noto de enamorada. -¿Ya llegaste?
-Hola mi amor. Y sí, me estoy bajando del avión.- pude notar que había una sonrisa dibujada en su rostro.
-Ya te echo de menos. Pero en breve estaré ahí.- me moría de ganas de que la cena fuera con ella, pero en ese momento no podía ser.
-Jo, gorda y yo. No tengo ganas ni de concierto, imagina.
-No digas eso boba, ya verás cómo mañana los nervios te comen como siempre.- no podía notarla triste, me mataba.
-Te quiero mor, hablamos mañana que voy a coger las maletas y me faltan manos.- me dijo con lo que yo intuí que eran morritos.
-Y yo boba. No te preocupes, hablamos mañana.- colgué y noté que Ana todavía no había arrancado ni el coche.
-¿Por qué seguimos aquí?- pregunté mirando hacia ella.
-Porque no quería interrumpir con el ruido del motor.- me dijo sonriente. -¿No le has dicho que vienes a cenar conmigo?
-Ana, yo no le cuento a Malú cuando cago, cuando como, o si hoy hice pis dos veces.- le dije seria. Sabía que intentaba meterme en un compromiso. –Además confía en mí, y yo en ella.
-Qué bonito es el amor. ¿A dónde vamos?- me preguntó cambiando de tema.
-Pues a donde siempre.- que pregunta era esa.

La cena transcurrió como siempre entre risas, y más risas. La verdad que es que me sentía súper a gusto con Ana, de siempre además. Sus boberías, sus chistes malos, y nuestras anécdotas de adolescentes fueron las que hicieron que esa noche me lo pasara tan bien. Salimos de allí como si nada hubiese cambiado. Fuimos a por nuestro helado de siempre para luego pasear por el pueblo como vagabundas.
-No recordaba que te quisiera tanto.- me dijo muy seria.
-Ana, el vino te ha sentado mal.- contesté yo riéndome.
-Te lo digo enserio imbécil.- me dio tal codazo que me dejó en la otra punta de la carretera.
-Tía sigues siendo la misma bruta de siempre.- exclamé quejándome.
-Te apetece ir al faro y allí comernos el helado.- se estaba acercando demasiado a mí, y lo último que quería esa noche era acabar mal.
-Que va tía, me voy a casa. Tengo mil cosas que hacer.- me di la vuelta para dirigirme a mi casa cuando ella me agarró del brazo.
-Espera.- se acercó a mí y me besó. Así sin más. No tuve tiempo ni de reaccionar.
-¿Se puede saber qué coño estás haciendo?- mi empujón fue tal que la dejé apoyada en el coche. –Ana, grábate a fuego lo que te voy a decir.- agarré su brazo de una forma brusca, para que entendiera mí estado de ánimos en ese momento. –QUIERO A MALÚ POR ENCIMA DE MI VIDA.- el vino me hizo chillar más de la cuenta y la gente nos miraba curiosas para ver lo que había pasado.
-Lo siento, Gemma. No sé que me ha pasado.- se subió en el coche y arrancó sin más.

Me pasé toda la santa noche pensando si se lo debería de contar a Malú. Sabía que sí, pero conociéndola se iba a poner mala y no quería estar mal de nuevo. Creo que la mejor opción era esperar a estar juntas en Madrid para que notase que le decía toda la verdad.
Al día siguiente me levanté con un dolor de cabeza bastante curioso, en qué momento bebí tanto vino. Ya tenía el mensaje de buenos días de Lú, y se lo respondí al segundo. Era toda ella la que me tenía enamorada, pero cosas de este tipo hacía que muriera de amor. Me dolía en el alma tener que despertarme tan temprano un sábado, pero la de cosas que yo tenía que hacer eran infinitas. Después de la ducha y del pedazo de desayuno con mis padres miré mi móvil y tenía un mensaje de Ana pidiéndome perdón, y aclarando que la cena era de amigas. Al fin lo iba entendiendo. La quería mucho y no quería tener que mandarla a la mierda de una manera tan cruel.
Me encantaba estar en casa tan tranquila. Después de estar recogiendo todas mis pertenencias saqué a pasear a mis dos chiguaguas, Noah y Tarzán. Bien decía mi madre que los perros se parecían a los dueños. Los dos eran lo más mimoso que puede existir, pero la mala leche que soltaban era suprema. Eso sí, a gandules me ganaban de calle. Sobre todo Noah, se pasaba la mañana durmiendo. Me encantaba verlos tan felices corriendo en esa playa. Yo me senté para mirar el horizonte, para mirar bien mi futuro. Se acercaba la hora de decir adiós a mi casa, pero ahora de verdad. Me iba a Madrid a vivir con la mujer de mi vida. Haría mis oposiciones allí y con suerte encontraría trabajo. Y todo eso en días. Y por supuesto, el viaje que nos esperaba en apenas un mes. Madre mía la vida pasa y nosotros seguimos tan tranquilos sin darnos cuenta.

Por fin llegó el lunes, y la hora de despedirme. No sé cuento tiempo estuve llorando, pero probablemente más de una hora. Mi madre me miraba y lloraba, y a mí me lo contagiaba. Estaba agotada en aquel aeropuerto. La noche anterior tuve cena de amigas para despedirme, y no dormí nada. Y por la mañana las lágrimas habían podido conmigo. Me daba tanta pena dejar mi casa, mi familia, la isla. Era mi vida y yo ahora había elegido otra, pero sabía que nada cambiaría.
-Hola.- Malú estaba tan nerviosa como yo y me llamaba a cada rato.
-Hola cielo. ¿Cómo estás?- me preguntó, sabía que esto estaba siendo duro, y mi niña la pobre se preocupaba.
-Estoy bien. Cansada, pero bien.
-Esta noche yo te doy mimitos boba.- lo decía para alegrarme y lo conseguía con mucha facilidad.

-No esperaba menos guapa.- “Señores pasajeros con destino Sevilla, embarquen por la puerta número 5”, escuché de fondo. –Mor, te tengo que dejar ya. Nos vemos en dos horitas. Te quiero.- esperé su respuesta y colgué. Era hora de volver a Sevilla para recoger y organizar mi vida, y traspasarla a Madrid. Últimamente le estaba cogiendo algo de asco a los aviones. Cada vez que volaba buscaba la ventanilla para apoyarme y dormir como un lirón, pero esta vez los nervios de mi nueva vida podían conmigo. 

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