Capítulo
19. Tejiendo lunas en la madrugada.
Volví a
casa de nuevo y ahí estaba otra vez, el coche de Ana estaba aparcado en la
misma puerta. No sé qué diablos le había dado, nunca había sido así. O al menos
no la Ana que yo conocía. Estaba siendo bastante impertinente, y en ocasiones
odiosa. Yo la quería mucho, había compartido momentos inolvidables de mi vida
con ella. Pero como amiga, ahora yo estaba enamorada, no quería saber nada de
ella más allá de una simple amistad. Pero creo que el concepto amistad para
ella no existía.
-Hola
guapa.- me dijo mientras me daba dos besos.
-Hola
fea.- contesté yo divertida. -¿Qué haces aquí?
-Me
acordé de que hoy se iba tu novia y he venido a invitarte a cenar.- estaba
esperando a que Malú se fuera para entrar en ataque. No me había fijado bien,
pero se había puesto muy guapa. Siempre lo fue, pero ahora éramos más mujer y
eso se notaba.
-¿Estabas
esperando a que se fuera?
-Para
nada, solo que ahora imagino que ahora tendrás más tiempo libre.- sabía que
estando Malú aquí yo no iba a quedar con nadie que no fuera ella, era evidente.
-Está
bien, iré a cambiarme.- le dije con una sutil sonrisa. Me dirigía hacia mi
habitación cuando vi que venía detrás de mí.
-¿A
dónde vienes?- pregunté dándome la vuelta para verla.
-A tu
habitación. ¿No me digas que ahora tienes vergüenza de cambiarte delante de mí?-
se echó a reír, y se metió en el dormitorio. Ella en realidad pensaba que todo
seguía igual que antes, pero las cosas no funcionaban así. Yo tenía pareja, y
no iba cambiándome de ropa delante de todo el mundo, pero a lo mejor tenía
razón. Éramos amigas, y no creo que fuera nada del otro mundo y tampoco creo
que fuera a ver nada nuevo.
-No tienes
remedio.- le dije quitándome los zapatos.
Me fui
desvistiendo ante su atenta mirada. Por el rabillo de mi ojo derecho podía ver
que recorría mi cuerpo de arriba abajo. Sin ningún pudor.
-El
culo te ha cogido bastante forma eehh- se echó a reír y yo me puse roja al
instante.
-Vete a
cagar, guapa.- le dije poniendo mi culo pegado al armario.
-Se
nota que haces deporte amiga, tienes un cuerpazo.- me dijo mirándome de nuevo
de arriba abajo como si fuera un
monumento.
-Ana,
como sigas así te pones fuera eehh.- al escuchar mi comentario más se reía.
-Como
estamos de antipáticas.
-Venga
anda vamos que al final vas a ir tú sola.- dije poniéndome la última bota. Salimos
de mi casa y nos subimos en su coche. Mi móvil comenzó a sonar, y cuando vi la
pantalla se me iluminó la cara.
-Hola
princesa de mi cuento infinito.- le dije con todo mi noto de enamorada. -¿Ya
llegaste?
-Hola
mi amor. Y sí, me estoy bajando del avión.- pude notar que había una sonrisa
dibujada en su rostro.
-Ya te
echo de menos. Pero en breve estaré ahí.- me moría de ganas de que la cena
fuera con ella, pero en ese momento no podía ser.
-Jo,
gorda y yo. No tengo ganas ni de concierto, imagina.
-No
digas eso boba, ya verás cómo mañana los nervios te comen como siempre.- no podía
notarla triste, me mataba.
-Te
quiero mor, hablamos mañana que voy a coger las maletas y me faltan manos.- me
dijo con lo que yo intuí que eran morritos.
-Y yo
boba. No te preocupes, hablamos mañana.- colgué y noté que Ana todavía no había
arrancado ni el coche.
-¿Por
qué seguimos aquí?- pregunté mirando hacia ella.
-Porque
no quería interrumpir con el ruido del motor.- me dijo sonriente. -¿No le has
dicho que vienes a cenar conmigo?
-Ana,
yo no le cuento a Malú cuando cago, cuando como, o si hoy hice pis dos veces.-
le dije seria. Sabía que intentaba meterme en un compromiso. –Además confía en mí,
y yo en ella.
-Qué
bonito es el amor. ¿A dónde vamos?- me preguntó cambiando de tema.
-Pues a
donde siempre.- que pregunta era esa.
La cena
transcurrió como siempre entre risas, y más risas. La verdad que es que me
sentía súper a gusto con Ana, de siempre además. Sus boberías, sus chistes
malos, y nuestras anécdotas de adolescentes fueron las que hicieron que esa
noche me lo pasara tan bien. Salimos de allí como si nada hubiese cambiado.
Fuimos a por nuestro helado de siempre para luego pasear por el pueblo como
vagabundas.
-No
recordaba que te quisiera tanto.- me dijo muy seria.
-Ana,
el vino te ha sentado mal.- contesté yo riéndome.
-Te lo
digo enserio imbécil.- me dio tal codazo que me dejó en la otra punta de la
carretera.
-Tía
sigues siendo la misma bruta de siempre.- exclamé quejándome.
-Te
apetece ir al faro y allí comernos el helado.- se estaba acercando demasiado a mí,
y lo último que quería esa noche era acabar mal.
-Que va
tía, me voy a casa. Tengo mil cosas que hacer.- me di la vuelta para dirigirme
a mi casa cuando ella me agarró del brazo.
-Espera.-
se acercó a mí y me besó. Así sin más. No tuve tiempo ni de reaccionar.
-¿Se
puede saber qué coño estás haciendo?- mi empujón fue tal que la dejé apoyada en
el coche. –Ana, grábate a fuego lo que te voy a decir.- agarré su brazo de una
forma brusca, para que entendiera mí estado de ánimos en ese momento. –QUIERO A
MALÚ POR ENCIMA DE MI VIDA.- el vino me hizo chillar más de la cuenta y la
gente nos miraba curiosas para ver lo que había pasado.
-Lo
siento, Gemma. No sé que me ha pasado.- se subió en el coche y arrancó sin más.
Me pasé
toda la santa noche pensando si se lo debería de contar a Malú. Sabía que sí,
pero conociéndola se iba a poner mala y no quería estar mal de nuevo. Creo que
la mejor opción era esperar a estar juntas en Madrid para que notase que le
decía toda la verdad.
Al día
siguiente me levanté con un dolor de cabeza bastante curioso, en qué momento
bebí tanto vino. Ya tenía el mensaje de buenos días de Lú, y se lo respondí al
segundo. Era toda ella la que me tenía enamorada, pero cosas de este tipo hacía
que muriera de amor. Me dolía en el alma tener que despertarme tan temprano un
sábado, pero la de cosas que yo tenía que hacer eran infinitas. Después de la
ducha y del pedazo de desayuno con mis padres miré mi móvil y tenía un mensaje
de Ana pidiéndome perdón, y aclarando que la cena era de amigas. Al fin lo iba
entendiendo. La quería mucho y no quería tener que mandarla a la mierda de una
manera tan cruel.
Me
encantaba estar en casa tan tranquila. Después de estar recogiendo todas mis
pertenencias saqué a pasear a mis dos chiguaguas, Noah y Tarzán. Bien decía mi
madre que los perros se parecían a los dueños. Los dos eran lo más mimoso que puede
existir, pero la mala leche que soltaban era suprema. Eso sí, a gandules me
ganaban de calle. Sobre todo Noah, se pasaba la mañana durmiendo. Me encantaba
verlos tan felices corriendo en esa playa. Yo me senté para mirar el horizonte,
para mirar bien mi futuro. Se acercaba la hora de decir adiós a mi casa, pero
ahora de verdad. Me iba a Madrid a vivir con la mujer de mi vida. Haría mis
oposiciones allí y con suerte encontraría trabajo. Y todo eso en días. Y por
supuesto, el viaje que nos esperaba en apenas un mes. Madre mía la vida pasa y
nosotros seguimos tan tranquilos sin darnos cuenta.
Por fin
llegó el lunes, y la hora de despedirme. No sé cuento tiempo estuve llorando,
pero probablemente más de una hora. Mi madre me miraba y lloraba, y a mí me lo
contagiaba. Estaba agotada en aquel aeropuerto. La noche anterior tuve cena de
amigas para despedirme, y no dormí nada. Y por la mañana las lágrimas habían
podido conmigo. Me daba tanta pena dejar mi casa, mi familia, la isla. Era mi
vida y yo ahora había elegido otra, pero sabía que nada cambiaría.
-Hola.-
Malú estaba tan nerviosa como yo y me llamaba a cada rato.
-Hola
cielo. ¿Cómo estás?- me preguntó, sabía que esto estaba siendo duro, y mi niña
la pobre se preocupaba.
-Estoy
bien. Cansada, pero bien.
-Esta
noche yo te doy mimitos boba.- lo decía para alegrarme y lo conseguía con mucha
facilidad.
-No
esperaba menos guapa.- “Señores pasajeros con destino Sevilla, embarquen por la
puerta número 5”, escuché de fondo. –Mor, te tengo que dejar ya. Nos vemos en
dos horitas. Te quiero.- esperé su respuesta y colgué. Era hora de volver a
Sevilla para recoger y organizar mi vida, y traspasarla a Madrid. Últimamente
le estaba cogiendo algo de asco a los aviones. Cada vez que volaba buscaba la
ventanilla para apoyarme y dormir como un lirón, pero esta vez los nervios de
mi nueva vida podían conmigo.
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