domingo, 30 de marzo de 2014


Capítulo 24. Hay algo que nos supera.

-Sabía que estabas loca, pero no de esta manera.- dijo Malú mirándome con cara de miedo.
-Cielo, lo vas a disfrutar y te vas a olvidar de todo por unos minutos.
-Pero Gemma, que yo a esto le tengo miedo.
-¿Te fías de mi?- le pregunté mientras me acercaba a ella para que notase que yo estaba allí.
-Claro.
-Pues ya está, no va a pasar nada.
Ayer mientras pensaba que hacer hoy para que no estuviésemos por Madrid y los periodistas no avasallaran, miré una página de paracaidismo. Estaba justo al lado de una casa rural en la montaña, así que decidí que iríamos ahí. Malú se iba a morir de miedo, pero iba a ser una experiencia increíble para ella, y de paso olvidaríamos por un ratito nuestras vidas.

-En unos minutos comenzaremos a tirarnos.- dijo el instructor en el avión donde íbamos un chico moreno muy simpático, Malú y yo. Ella me miró asustada, era la primera que saltaría y estaba todo el tiempo mirando hacia abajo para ver la distancia que había.
-Guapa, cuando te avise te vas colocando para saltar.- Malú asintió, pero no muy convencida.
-Todo va a salir bien mi vida. Te quiero.- agarré su mano con fuerza y ella me demostró una vez más con esa sonrisa que era la mujer más valiente y fuerte que había conocido nunca. Era la primera vez que estaba haciendo algo así, y no se echó para atrás en ningún momento.
-¿Estás preparada?- le preguntó el instructor, un hombre que daba mucha confianza y que era la mar de simpático.
-Eso creo.- le contestó ella. El hombre le hizo la señal, ella se colocó y mirándome a los ojos y gritando a los cuatro vientos, y nunca mejor dicho, saltó de ese avión. Me asomé como pude para verla y estaba gritando del la felicidad que llevaba encima.
-Te toca a ti, ¿preparada?- dijo el instructor mirando hacia mí.
-Sí.- contesté decidida. Me hizo la señal de todo perfecto, y salté. No era la primera vez que lo hacía, pero estas vistas eran impresionantes. Recuerdo que la gente cuando lo hice por primera vez me preguntaba cómo había sido capaz de pagar dinero por tirarme de esa manera en un avión, pero es que hay cosas en esta vida que hay que vivir, cueste lo que cueste. Pagamos por un concierto de nuestro cantante lo que haga falta, pagamos lo que sea por hacer el viaje de nuestra vida, pagamos una millonada por casarnos con la persona que queremos, y un largo etcétera. La vida son dos días, y uno de ellos lo pasamos o durmiendo o comiendo, tenemos que aprovechar el otro como sea. Mi madre siempre me decía que la locura es como la sal, la que le da un toque de gusto a la vida.

Cuando llegué a la zona de aterrizaje, hice lo que me habían dicho y frené despacio para no romperme el culo en ese terreno lleno de hierbas. Cuando me levanté y me quité el paracaídas con cuidado, vi a lo lejos que una loca venia corriendo hacia mí. Se le veía muy feliz, eufórica, que no podía contener la alegría que llevaba dentro. Cuando llegó donde estaba yo saltó y se colgó en mí cual koala. No dejaba de besarme, de reírse. Y a mí me encantaba verla así.
-¿Te gustó?- pregunté todavía con ella en brazos.
-La experiencia de mi vida, te lo juro. Me encantó cariño.- decía mientras no dejaba de besarme.
-Me alegro cielo, pero suéltame anda que nos vamos a caer.
-¿Y qué? Me da todo igual.- hizo fuerza hacia atrás, y efectivamente terminamos cayendo las dos en la hierba. Malú estaba muerta de la risa, no dejaba de saltar sobre mí, la alegría le salía por todos los poros de su piel.
-Estás como una cabra.- le dije haciéndole cosquillas para que me dejara levantar.
-Yo era normal, hasta que llegaste a mi vida. Y lo sabes.- ese gesto de “Y lo sabes” con el guiño de ojos incluido me dejó rota. Vaya mujer, que poder tenía sobre mí.

Pasamos un fin de semana increíble, lleno de amor, de pasión y sobre todo de locura. La locura que yo sentía hacia ella. Pero ya era la hora de volver a nuestras vidas y asumir todo lo que nos tocaba por vivir.
-¿Estás preparada?- le pregunté agarrando su muslo sin quitar mi vista de la carretera.
-Nunca se está para algo así, ¿no?- estaba fría y distante desde que nos dispusimos a recoger nuestras pertenencias.
-Sé que no estás a gusto con esto, pero yo no te pedí que lo hicieras Malú.
-Ya lo sé Gemma, pero no quiero vivir agobiada por algo así.- dijo. En ese momento si miré hacia ella.
-¿Algo así?- pregunté.
-Dejémoslo, no quiero discutir.
-No te entiendo. Ayer contenta de que la gente lo sepa, hoy que no quieres estar agobiada por “algo así”.- dije resaltando las últimas palabras. -Y, ¿mañana? ¿Cómo van a estar tus sentimientos mañana, Malú? ¿Qué se supone que debo hacer?
-Gemma, dijiste que ibas a entenderme. Pero veo que no ha sido así.
-¿Pero tú te estás oyendo?- empezaba a ponerme de mal humor. Y por lo que se veía ella también.
-Gemma, no quiero discutir. ¿En qué idioma te lo tengo que decir?
-Perfecto, no diré nada más.
Llegamos al barrio donde estaba la casa de Malú y desde muy atrás se veían los periodistas rondando por ahí.
-Qué gran mierda joder.- soltó de repente.

-Si sigues con esa actitud no vamos a llegar a ningún lado.

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