Capítulo 22. Me fui.
Después
de dejar a Pepe en su hotel volví a casa, y como de costumbre Malú me había
ignorado y entró todas las cajas ella sola. Vaya mujer, no podía dejar eso ahí
diez minutos en lo que yo volvía, ella tenía que tenerlo todo bajo control
-¿No te
dije que lo dejaras en el coche que ya lo entraría yo?- le dije provocándole un
susto de muerte. Estaba tumbada en el sillón y se levantó de golpe.
-¿Y tú
no sabes avisar de que has llegado o algo?- me dijo intentado buscar la calma.
-Eres
una cabezota.- dije sentándome a su lado. En realidad estaba agotada. El viajito
en moto me había dejado rota.
-Jo, me
duele todo.- dijo echándose en mi cuerpo. –Entre la moto y las cajas estoy
muerta.- estábamos las dos igual, pobrecita mía.
-Ven
cielo acércate.- se colocó frente a mí y yo me calenté las manos para hacerle
un masajito. Tenía una contractura en el lado derecho enorme, y cada vez que mis
dedos pasaban por ahí se escuchaba una especie de orgasmo.
-Yo no
sé en qué momento estudiaste eso, con lo bien que se te da mover las manos.-
desde niña me había gustado mucho dar masajes. Mis padres siempre recurrían a
mi cuando les dolía algo, y ahí estaba yo quitándole contracturas a todo el
mundo.
-¿Te
gusta?- dije paseando mis manos por su cuello, pasando luego por su pecho y más
tarde por todo su costado.
-Me
encanta, ¿pero aquí estamos algo incómodas no?- me dijo apoyándose en mi pecho
con una sonrisa pícara que solo ella sabía ponerme.
-A lo
mejor en la cama estamos más cómoda, ¿no?- enseguida agarró mi mano y me llevó
hasta el dormitorio. La foto del escritorio ya no estaba, pero en cambio si habían
dos nuestras, la de Algeciras y la de mi querida playa. Unas fotos preciosas
que no sé en qué momento las puso.
-¿Te
gustan? Las coloqué antes.- me dijo ella siempre conectada con mi mente.
-Tanto
como tú.- le di un beso suave y dulce que ella fue alargando poco a poco. –Túmbate.-
dije respirando en su boca. Y así lo hizo, pero ahora se había quitado la
blusa. Di un pequeño saltito al baño para coger la crema y seguir con el masaje
en condiciones.
-¿Con
crema? Estas echa toda una profesional.- se reía con esa carcajada rasgada que le
sale, y que tanto adoro.
Desabroché
con agilidad su sujetador y le bajé el pitillo un poco más. Fui paseando mis
manos embadurnadas en crema por toda su espalda. Cada vez que las pasaba cerca
de sus pechos se removía de las cosquillas que le causaba. Mis manos pasaban
por sus tatuajes, rodeándolos, y dibujándolos con los dedos. Besaba cada lunar
que bajaba por su espalda como gotas de agua, llegaba a bajo y volvía a subir
de nuevo hasta su cuello. Estaba perfecta así, con el pelo echado hacia un
lado, estirada en la cama relajada y feliz.
-Uff
gorda, que manos.- me dijo con un suspiro. Estuve en su cuello bastante tiempo
sabiendo que era su punto débil y el que más cargado estaba. –Vas a matarme, ¿lo
sabes?- en ese momento le di la vuelta y la puse boca arriba. Su mirada estaba
cargada de deseo, y yo no pude contenerme y ataqué su boca salvajemente.
-Tienes
el cuerpo del delito amor.- solté una carcajada ante el chiste malo que me
había salido y ella al principio me miró mal, pero luego rió conmigo. El
pitillo salió disparado, y mi ropa por otro lado.
-¿Vamos
a estrenar nuestra casa?- me preguntó risueña.
-Y
nuestra cama, y nuestro baño.- no me dejó terminar porque enseguida me había
puesto de bajo de ella, que le gustaba mandar. Hizo un recorrido por todo mi
cuerpo y yo solo la vigilaba ante mi atenta mirada. Entrelazamos
nuestras manos y me dejé llevar por sus labios. Alternaba los besos suaves y
tiernos, con los pasionales en los que por momentos yo pensaba que perdía mi
labio inferior. Sus piernas jugaban con las mías, y nuestros cuerpos se rozaban
una y otra vez, haciéndome delirar. Nos movíamos al compás, con miradas que lo
decían todo, con besos que traspasaban el alma. Fuimos una sola. Llegamos las
dos al paraíso. Estábamos sudando, la una sobre la otra. Me acerqué a su oído y
le susurré un te amo profundo. Ella se separó de mi boca para verme bien los
ojos.
-Eres increíble, te quiero tanto.- y volvió a posar sus
labios con los míos. Se quedó dormida encima de mi pecho respirando al mismo
tiempo que lo hacía yo, y yo no tardé mucho más en quedarme dormida también.
Tuve la sensación de que apenas había dormido cinco minutos,
el sol me despertó y me dio por mirar la hora. Madre mía si solo eran las
nueve, yo tenía un grave problema con el sueño. Ella seguía ahí durmiendo plácidamente,
agarrando la almohada con ganas y respirando agitada. Probablemente estuviera
teniendo una pesadilla porque se sumaron unos ruidos extraños.
-Ey cariño. Lú, despierta.- le susurré con un beso de buenos
días. Pero ni caso, cada vez estaba más agitada, se agarraba a la almohada con
fuerza y con un grito ahogado quedó sentada en la cama.
-¿Estás bien mor?- agarré su mano. Ella me miró y se echó a mis
brazos como una niña asustada.
-Menos mal.- exclamó en un tono bajito.
-Respira que estás aquí conmigo. ¿Qué soñabas?
-Que te ibas.- dijo acostada aún en mi hombro.
-Pues estoy aquí boba, oliéndote como haré todas las mañanas
que nos quedan.
-No dejes de quererme nunca, ¿vale?- me dijo dándome un beso
de buenos días. El sueño debió de ser duro.
-En la vida cariño, y ahora levanta que tenemos muchas cosas
que hacer.
-Me cortas el momento romántico de una forma, ni que fueras
canaria.- me dijo riéndose.
-Y te encanto, así que mejor estate calladita.
Después de recoger el desastre de casa que tenía y colocar
todas mis cosas junto a las suyas me dispuse a estudiar un poco. Tenía que
estar a tope para las oposiciones que estaban a la vuelta de la esquina, y si
quería tener la vida que soñaba debía empezar a trabajar cuanto antes. Aunque
sin trabajo ya tenía esa vida, Malú me lo había dado todo y más. Y ambas éramos
muy felices. Me encantaba entrar al baño y que estuviera ella, estar chocándonos
todo el tiempo en la cocina, encontrármela por el pasillo y que me robara un
beso, salir a la terraza y que ella saliera detrás de mí y se colgara en mi
espalda. El simple hecho de estar 24horas a su lado era lo mejor que podía
tener.
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