martes, 11 de marzo de 2014


Capítulo 17. A palabras necias, oídos sordos. 

-Vamos a comer algo anda.- dije intentándome levantar de aquel barco que tanto se movía.
-Yo todavía no tengo hambre.- agarró mi mano y me volvió a tumbar encima de ella. –¿Y si nos quedamos otro ratito aquí?- su mirada me lo decía todo.
-Eres tan gandula que ni para comer te levantas.- dije entre risas. Su mirada me fulminó e intento ponerse en pie pero ahora era yo la que no la dejaba. –Son bromas cielo. Me pasaría la vida así, y lo sabes.- se rindió ante mis besos.

Después de levantarnos y salir a popa a comer a mi me apetecía pescar un poco. Hacia tanto tiempo que no lo hacía que ni me acordaba como era. Mi madre siempre que me ve pescando me cuenta que mi primer regalo cuando cumplí el año fue una caña. Desde que era muy pequeñita me encantaba ir con mi padre a pescar, que me llevara con él a ver el mar desde cerca. Mi madre siempre ha sido más cagada para todo, y no le gustaba la idea. Pero me veía tan feliz que me dejaba ir, solo para después no tener que aguantar mi rabieta. Nunca me lo había planteado hasta hoy. Fui una niña realmente feliz, rodeada de hermanos mayores que solo me enseñaron a jugar al futbol, la niña de papá y el ojo derecho de mamá. Nunca me pusieron pegas para nada, me dejaron crecer a mi manera y que yo aprendiera con los golpes que la vida iría dándome. Y fui madurando muy pronto. Siempre me ha gustado relacionarme con gente mayor que yo, y eso también ayudo a que yo viera el mundo de una forma distinta, muy distinta. Cuando llegó la hora de irme a estudiar tenía que salir de mi isla porque no hay universidad, pero no quería conformarme y di el salto con dieciocho años hacia la península. Los primeros meses no dejaba de llorar, hacia mucho frio y echaba muchísimo de menos a mi familia. Pero con los años te vas acostumbrando y haces una nueva vida, fuera de tu vida. Formas una nueva familia, tus amigas y conoces a mucha gente nueva. Y de casualidad pues a veces nos llega el amor. Y aquí lo tengo, haciéndome la mujer más feliz de este universo. Con cada sonrisa y cada beso todos mis problemas desaparecen. Con ella he aprendido que el amor no se busca. Nos pasamos una vida entera buscando a una persona perfecta. Probablemente nos enamoramos con dos o tres tonterías que nos dicen porque necesitamos saber que hay alguien en el mundo que se siente atraídas por nosotros. Preferimos irnos con la persona que nos da algo de vidilla, y no con la que de verdad está enamorada de ti. Del que te demuestra día a día que está ahí por y para ti. Y luego pasan los años y la ves con otros ojos. Ya no es la pesada que te envía cartas de amor, ahora ha encontrado a la persona que ha sabido valorar lo que le daba, y nos damos cuenta cuando la pierdes. Por ello sé que el amor no se busca, sino que llega. Solo debemos saber esperar. Yo jamás pensé que el mío lo encontraría en la puerta de una panadería. Y no quise enamorarme, porque Malú es esas de las que valora lo que tiene, y lucha por ello por encima de todo. Se equivoca, como una humana que es. Pero lo da todo por ti, y yo en cambio me asusté porque estaba acostumbrada a que todo no fuera tan bonito. Pero cuando está a punto de irse y tu corazón te da patadas en el pecho para que luches por ella, es cuando te das cuenta de que los miedos deben desaparecer y tienes que disfrutar que la vida esté regalándote algo así.
-¿Qué piensas?- se acercó a mí. Y se apoyo en mi espalda.
-En ti.- le dije sin mirarla, pero con una sonrisa que me delataba.
-En serio idiota, ¿en qué piensas?- se sentó a mi lado apoyando su cabeza en mi hombro. No me había fijado que seguía desnuda y tan tranquila.
-¿Otra vez? En ti.- dije dándole un beso en el pelo. –Cielo, ¿no deberías vestirte?- la miraba por el rabillo del ojo y me meaba al verla así.
-Pues estoy muy agusto así, y no ves nada nuevo no sé de qué te asombras.- dijo risueña. –¿Y me dirás que piensas de de mi?- se escuchó un “jiji” unido a un beso en mi mejilla.
-Sí me das un beso, pero de verdad.- agarro mi barbilla y me hizo girar hacia ella. Metió sus manos por mi pelo y me besó.
-Cuenta.- dijo pegada aún a mi boca.
-Tampoco es para tanto boba.- dije riéndome. – Pensaba en lo compleja que hacemos la vida. Nos pasamos años buscando un amor perfecto, y mi amor perfecto me empujó contra la puerta de una panadería.- ella se rió ante mi comentario. –La vida me ha dado el mejor regalo.
-¿Pues yo nunca he sido así sabes?- dejé la caña a un lado y me dispuse a oírla. –Yo nunca he buscado nada, supongo que como todo el mundo he querido que me quieran. Pero siempre han luchado por mí, y yo he terminado cansándome. Pero un día una chica, para mi sorpresa me dice que le gusto. Lo curioso es que ella e trasmitió algo especial.- esa chica era yo, me morí de la vergüenza ese día. Era tan chocante hablar de un tema, del cual nunca habíamos hablado, y ella está desnuda tan tranquila. Era única.
-Te juro que nunca me había planteado irme con una tía. Muchas de la familia malulera son lesbianas. Bueno tú lo sabrás bien.- me dijo risueña sabiendo que yo era malulera desde hace años. –Pero tú hiciste que me diera cuenta que el sexo no importa, solo el amor que recibes y das a esa persona. Tuve miedo, pensé que no podía vivir algo así, pero tuve más miedo de no volver a verte. Y aquí estoy, locamente enamorada de ti.- con esas últimas palabras yo me había muerto de amor. No pude decir nada, solo me acerqué a su cuerpo y me abracé a él. ¿Se podía querer tanto a una persona? Sí, y yo la quería más que a mí misma.
-Te quiero.- dije en un susurro.

Después de tantas horas en ese barco era la hora de volver. Todavía tenía que hacer la maleta. Y descansar un poco. Mañana cogería vuelo hacia Madrid y tenía que estar perfecta, ya que el sábado había concierto en Salamanca. Salimos del muelle más enamoradas de lo que habíamos entrado. Al llegar a casa vi un coche en la puerta aparcado que me resultó familiar. No podía ser, hoy no.
-¿Qué haces aquí?- le pregunté a Ana, mientras ella estaba sentada en el sillón con mi madre.
-He venido a hacerte una visita.- y con una sonrisa miró a Malú y ella estaba petrificada aún en la puerta.
-Pues hola. Nosotras tenemos cosas que hacer.
-Gemma, no seas mal educada siéntate un rato.- dijo mi madre con cara de enfado.
-Puedes sentarte mi amor, yo voy a preparar la maleta sola.- se dispuso a ir, y la agarré del brazo para sentarla encima de mí.
-No puedo separarme de ella es mi droga, lo siento.- dije mirando a Ana que seguía risueña.
-Está tan enamorada Ana, que ya es hasta ordenada.- mi madre siempre tirándome la puyita.
-Mucho.- contesté yo. –Bueno ahora sí, tenemos cosas que hacer.- me levanté y agarradas de la mano llegamos a mi dormitorio. No podía con la actitud que estaba teniendo Ana, que parte de “no quiero saber nada de ti”, fue la que no entendió.
-¿Esa tía piensa seguir jodiendo mucho tiempo?- ella también estaba realmente molesta. Lo último que esperábamos era que estuviera ahí tomando café con mi madre. Se aprovechaba de que mi madre le tenía mucho afecto después de tantos años.
-No te preocupes cielo. A palabras necias, oídos sordos.- ella se rió ante mi momento refranero. Y se sentó en la cama pensativa. -¿Qué pasa?- le pregunté poniéndome de cuclillas para ver su cara bien.
-No me hace mucha gracia irme y dejarte aquí.- entendía que no la quisiera cerca, pero ella debía confiar en mí.
-Gemma, quiero pedirte algo.- ay que miedo me daba escuchar eso.
-Pide cielo.
-Ven a vivir a Madrid conmigo, por favor.


No hay comentarios:

Publicar un comentario